El Periódico

Domingo, 12 de marzo del 2017 - 23:35 CET

La literatura anglosajona tiene una larga tradición de relación con la naturaleza. Desde los cantos de amor a las inmensidades indómitas del continente americano a la confortable elegía de la ordenada campiña inglesa, las aventuras zoológicas en los cinco continentes o el naturalismo doméstico de Durrell. En los últimos tiempos algunos títulos (‘Leviatán’, de Philip Hoare, ‘H de Halcón’, de Helen MacDonald, ‘Hacia rutas salvajes’, de Jon Krakauer) han atraído la atención del lector. Más que los cantos al retorno a la naturaleza prístina de Gary Snyder, James Rebancks o Doug Peacock, la atención parece dirigirse hacia esos textos en que un autor dialoga con la naturaleza para entenderse tanto más a sí mismo que a ella.

'EL AZOR'

El pulso con una rapaz

Helen MacDonald maravilló hace un par de años con 'H de Halcón', un libro con tres engranajes íntimamente trabados: el periodo de duelo por la muerte del padre, el intento de procesarlo mediante el adiestramiento de una de las rapaces más indómitas para los halconeros, el azor, y las referencias a un libro clásico que marcó a la autora en su infancia y que le permite reflexionar sobre la historia de la cetrería y la evolución de la relación entre el hombre y la bestia que quiere domesticar; 'El azor', de T. H. White. Muchos lectores se quedaron con las ganas de descubrir esa obra inédita en España, que ahora también publica Ático de los Libros.

Donde MacDonald era capaz de conectar con su ave y descifrar su estado de ánimo, T. H. White fracasa en su empeño de domeñar al azor Gos, en una historia, según la autora de 'H de halcón', «acerca de la lamentable incapacidad de la humanidad para concebir la naturaleza como algo más que un reflejo de nosotros mismos». En ese pulso con el ave, White cree seducir al animal pero la pierde al querer forzar su sumisión, quizá un reflejo, dice MacDonald, de sus inclinaciones pedófilas y sádicas. «Una rapaz no es una mascota. No hay lugar para la sensiblería (...) No se desea ningún intercambio afectivo», escribe el autor de Camelot.

'EL INGENIO DE LOS PÁJAROS'

¿Cabezas de chorlito?

En los últimos días, las redes han contemplado con fascinación, e interpretaciones variopintas, cómo una bandada de pavos silvestres ejecutaba una especie de danza en torno a un gato muerto. Una muestra más de que las aves, bajo su inexpresiva apariencia, son capaces de comportamientos verdaderamente sofisticados que ni siquiera los ornitólogos que observan a distancia sus evoluciones llegan a intuir. No, las aves tienen cerebros pequeños, pero eso no significa que sean unas bobas cabezas de chorlito. Jeniffer Ackerman describe en 'El ingenio de los pájaros' (Ariel) las investigaciones y experimentos que llevan a incluir a los pájaros (con el cuervo, la especie con el IQ más alto) en esa restringida lista de animales, junto con los simios, los elefantes o los cetáceos, capaces desarrollar un lenguaje, realizar operaciones matemáticas, utilizar instrumentos y transmitir culturalmente esta habilidad adquirida...

«Quizá se deba a que son tan distintas de las personas que nos cuesta apreciar plenamente sus capacidades mentales», plantea Ackerman, que aspira a que el lector «contemple con otros ojos al carbonero y al cuervo, al cenzontle y al gorrión, de que los conciba más como los inteligentes compañeros de viaje que son, seres emprendedores, ingeniosos, astutos, juguetones y perspicaces».

'LA MEMORIA SECRETA DE LAS HOJAS'

Escuchar a las plantas

Si en' H de halcón' se combinaban depresión y cetrería, Hope Jahren explica en 'La memoria secreta de las hojas' (Paidós) una historia de amor por la botánica, trabajo duro de laboratorio y convivencia con el transtorno bipolar. Como Helen McDonald era capaz de hacernos conectar con la mente de una rapaz a través de un temblor en las narinas, la tensión de sus garras o el ahuecado de sus plumas, Jahren es capaz de hacernos sentir cómo los árboles sudan, los campos de maíz crujen mientras las cañas crecen dos centímetros y medio al día, como la hoja de la planta es el único mecanismo natural que convierte luz y materia inorgánica en azúcar, la aventura de una raíz en busca del agua o cómo crecen buscando la luz igual que las personas también lo hacen buscando el conocimiento.

No, no esperen cuentos 'new age' de plantas que reaccionan favorablemente a mimitos, charla y un buen hilo musical o que transmiten energía si las abrazas. Jahren es una científica y las plantas... bueno, tienen su propia lógica, y en ella no figura el gusto por la música. «Solo cuando empecemos a captar lo profundamente ajenas a nosotros que son podremos estar seguros de que dejamos de proyectarnos nosotros mismos en ellas. Podremos, por fin reconocer lo que sucede en realidad», concluye. La «gran tragedia» de la desforestación.

‘EL LIBRO DE LA MADERA’

Un éxito inesperado

Seleccionar un ser vivo. Partirlo a trozos. Dejar secar sus restos. Partirlos de nuevo utilizando un instrumento cortante. Apilarlos cuidadosamente. Incinerarlos. Es decir, hacer leña. Una actividad que el periodista noruego Lars Mytting ha conseguido convertir en motivo de un éxito editorial ('El libro de la madera. Una vida en los bosques', Alfaguara). Sí, la segunda parte del título (en la traducción española; el original se dirige más hacia el bricolaje) alude al canto a la naturaleza salvaje que es el Walden de Thoreau. Pero el de Mytting quizá no sea tanto un canto neorruralista que abogue por un retorno al campo como, quizá, una mirada nostálgica al pasado en unas sociedades tan apegadas al bosquey la actividad manual como las escandinavas. «El leñador que corta troncos para calentarse dialoga con la naturaleza, porque la energía que va a liberar en su estufa de leña es la misma que ese árbol acumuló durante años. En su lugar crecerá otro árbol que repetirá el ciclo de las estaciones nuevamente. Es un acto ecológico, y también de amor», argumenta. Un libro en defensa de la vida lenta a un paso de la autoayuda.

'DIARIO DE OAXACA'

Sacks y los helechos

Anagrama recupera un título agotado, el 'Diario de Oaxaca' del neurólogo Oliver Sacks. El autor de 'Despertares' no lo supo convertir en literatura las inusuales historias clínicas de sus pacientes y tuvo una vida interesante que relató en sus memorias, 'En movimiento'. También era desde su infancia un apasionado de los helechos (y de los licopodios), hecho que le llevó a participar en la American Fern Society (Sociedad Americana de los Helechos) y a viajar con un grupo de socios al México para contemplar variedades exóticas de estos vegetales. A Sacks le fascinaban estas plantas primitivas tanto por estética y su antigüedad como por su nomenclatura, «esos ondulantes nombres latinos con su aroma de época escolástica anclada en el pasado remoto». Plecosorus speciosissimus. Plagiogyria pectinata. Pteris aquilina. Pteridium feei. Pero Sacks habla casi tanto de ellas como de la historia sepultada bajo esta naturaleza exhuberante y de la figura del naturalista aficionado. «La capacidad de observar detalles y recordarlos, una memoria especial para los lugares, relacionada con el amor, y cierto lirismo para con la naturaleza son las características de esta clase de aficionado», dice. Y también las del escritor naturalista, podríamos añadir.

‘LA INVENCIÓN DE LA NATURALEZA’

Humboldt, el pionero

La mirada global a la naturaleza, comprendiéndola no como un gabinete de especímenes que ordenar sino como un sistema interconectado, utilizando tanto los instrumentos del método empírico para entenderla como los de la literatura para explicarla, tienen un ilustrísimo pionero en la figura de Alexander von Humboldt (1769-1859). Sus viajes, los relatos de estos ('Viajes a las regiones equinocciales'), las descripciones gráficas en su obra 'Cosmos' de la distribución de la vegetación en los ecosistemas de los picos que escaló inspiraron a naturalistas, escritores románticos, cronistas de viajes, revolucionarios anticolonialistas, pintores paisajistas, alpinistas... La biografía de Andrea Wulf ('La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt', Taurus) sigue los pasos del científico alemán y recuerda que, cuando describió la tierra como «un conjunto natural animado y movido por fuerzas internas» se adelantó un siglo y medio a la teoría de Gaia de Lovelock y a las ideas de la interconexión del libro fundacional de ecologismo moderno 'Primavera silenciosa'.

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