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RELATO. SIETE DÍAS EN EL BARCO DEL AMOR (2)

El día en que cumplían siete años de casados, todo se desmoronó. Y él decidió embarcarse en un crucero por el Mediterráneo, solo y expectante.

Las trampas del 'Wonderful Sirena'

Miércoles, 25 de julio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
por JORDI PUNTÍ

El barco se llamaba Wonderful Sirena y lucía bandera italiana. Los folletos de la agencia decían que podía alojar hasta mil pasajeros, pero yo no lo vi nunca lleno. Su recorrido abarcaba una pequeña parte de Mediterráneo y en cada puerto subían y bajaban pasajeros. El día en que me embarqué, la nave salía de Barcelona e iba hacia Alicante y, desde allí, debía continuar hacia Cagliari, Túnez, Capri, Marsella y de nuevo Barcelona.

PERICO PASTOR

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Información publicada en la página 308 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 25 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Cuando atracaba en un puerto, siempre alrededor del mediodía, los pasajeros disponían de seis horas para visitar la ciudad. Durante todo el crucero no abandoné el barco ni una sola vez. Oía por megafonía cómo anunciaban las ciudades y el tedio me paralizaba.

Ese primer día, un viernes por la tarde, subí al barco cuando aún faltaba una hora para zarpar. Un camarero hindú que hablaba una mezcla de italiano, francés y castellano y sonreía todo el rato, me enseñó dónde estaba mi camarote, en el tercer piso. Mientras lo seguía, conté cinco pasillos idénticos, tapizados con un señorial color granate, y decenas de puertas. Abrió la de la habitación 3.014, en primera clase. «Buena sera, monsieur», me dijo al cerrar la puerta, y se fue sin esperar propina.

Solo en la habitación, me eché en la cama de matrimonio. Esperaba con impaciencia que el barco zarpase de una vez y me alejase de Barcelona. Que se hiciera de noche. Cerraba los ojos e imaginaba que detrás de esa puerta, serpenteando por los corredores, se ensayaba un festival erótico en mi honor, un desfile de mujeres accesibles, simpáticas y voluptuosas. Por supuesto, era una pura fantasía, y me causaba tanta zozobra que debí quedarme dormido por culpa de los nervios, igual que un niño pequeño. Ya no desperté hasta la mañana siguiente.

Por suerte me levanté con otro ánimo. Era sábado, el sol lucía y yo tenía una misión. Mientras desayunaba, leí el folleto de actividades del crucero. Contaba que el ocio del Wonderful Sirena incluía tres discotecas, dos cines, dos piscinas y un casino. Que aburrimiento era una palabra prohibida a bordo. Levanté la vista y observé a quienes me rodeaban en cubierta. Paseaban legañosos, lentos, extáticos. Más de uno llevaba un libro y un cóctel en las manos, en busca de una tumbona para seguir durmiendo con el libro abierto sobre la barriga. Hice lo mismo que ellos.

Dediqué la tarde a explorar el interior de la ballena y pronto caí en la cuenta de que la nave era un inmenso centro comercial. Como quería socializar, me entretuve en la zona de tiendas. Intenté el contacto visual con alguna de las clientas, pero eran altivas, aburridas de la vida e incapaces de aguantar una mirada seductora si no llevaba impresa el signo del dólar. Me entretuve ante un centro de estética: un rótulo ofrecía tatuajes y piercings a los pasajeros que quisieran emociones fuertes. Entré en el gimnasio, donde unos cuantos abuelos hacían ejercicio en chándal. Paseé entre las concurridas mesas de un casino en miniatura que tenía una salida a cubierta por si algún desesperado se quería tirar al mar después de perderlo todo.

Cuando ya estaba harto de dar vueltas, busqué un restaurante para cenar. Entré en el bufet libre porque se me ocurrió que esa comedia de levantarse para servirse uno mismo facilitaba el contacto con la gente. Para romper el hielo, siempre podías comentar con la vecina de mesa la buena pinta que tenía el sushi, o incluso burlarte de un glotón que ya se había levantado cinco veces de la mesa para llenar el plato con paella. Confiaba en la predisposición al buen humor, en las ganas de diversión, pero esa táctica tampoco funcionó. Entretanto, para disimular el desencanto, me harté de raviolis al roquefort y tiramisú, todo regado con lambrusco, sabiendo que más tarde me arrepentiría del exceso.

Hasta la hora de irme a la cama, volví a pasear por cubierta arriba y abajo, sin pausa, para digerir la cena. La noche era cálida y el aire estaba cargado con una suerte de electricidad estática que acalambraba los sentidos. En dos tumbonas, descubrí a dos chicas que conversaban y fumaban: pasaban de los 30, como yo, y tenían pinta de haberse explicado todos sus secretos. Cuando preparaba alguna excusa para acercarme a ellas, los altavoces del barco anunciaron unos fuegos artificiales y todos miraron hacia el cielo esperando el primer cohete. Las dos chicas -se parecían, una era rubia y la otra, morena, como en un anuncio de champán- se levantaron para acercarse a la barandilla. Cuando pasaron a mi lado bajaron la voz, ignorándome, pero tres metros más allá estallaron en una carcajada. La brisa movía los pareos que llevaban a la cintura.

Debí distraerme con los fuegos artificiales porque cuando terminaron, me di cuenta de que las chicas habían desaparecido. Tenía que encontrarlas. Una hora más tarde, pasada la medianoche, ya había explorado las tres discotecas, inútilmente. Me dolían los pies. Me sentía un absoluto inútil. Entonces, por fortuna, descubrí el piano-bar donde tocaba Sam Cortina. Nada más entrar, sentarme a la barra y pedir un whisky sour, su voz fue como un bálsamo para mi ansiedad.

Traducido del catalán por Paulino Rodríguez.

Y MAÑANA: 3. Los hombres no lloran porque sí.

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