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Madrid, 1943. Cantante eterno.

Julio Iglesias: «Sigo cantando porque me hace más joven»

El cantante de los 300 millones de discos vendidos se embarca en una gira mundial para encandilar a tres generaciones de público con 'One'. Como cada verano, establece su campamento base en Marbella, donde recibe a los medios para hablar del privilegio qu

Domingo, 10 de junio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
   JULIA CAMACHO

Las risas de sus hijos Miguel y Rodrigo, que se disponen a salir con las bicicletas asistidos por una rubia nanny, rompen el apacible silencio que reina en la mansión de Julio Iglesias en Marbella. Huele a césped recién cortado y desde la casa salen los primeros compases de La vida sigue igual sonando en una radio cuando el cantante llega, a bordo de un carrito de golf que usa para moverse por la parcela, al pequeño estudio musical donde ha trabajado parte de su último disco, One, que llega a Barcelona (Liceu) los días 4 y 26 de julio. Como única decoración, apoyado en el suelo, el Disco de Oro que recibió en Francia en el 2005 por L'homme que je suis, cantado íntegramente en francés.

Julio Iglesias, en Ayers Rock, la montaña sagrada de los aborígenes australianos.

Viste de manera informal -una especie de pijama azul marino con exquisitos zapatos blancos-, y aunque los años no pasan en balde, sigue manteniendo el mismo carácter alegre y seductor que ha paseado durante décadas por todo el mundo.

-¿Qué mueve a alguien que vende millones de discos en todo el planeta a seguir cogiendo una maleta y hacer una gira?

-El sobrevivir, el apego a la vida, las emociones que me produce la idea de estar vivo artísticamente y que mis hijos me vean activo. También está detrás la idea de seguir creciendo como el público quiso que creciera. La profesión para mí se convirtió en devoción y, cuando esto ocurre, es adictiva. Algunos profesionales se cansan de su trabajo, pero yo no puedo, porque soy un devoto de cantar.

Cuando canto, además, me vuelvo más joven. Es algo que hay que sentir: el corazón riega el cerebro a velocidad diferente, los alvéolos pulmonares se abren de una manera distinta, por ejemplo, a cuando hablo. Y en cuanto al dinero, no hace tanta falta, porque al final no sirve para comprar lo que uno quisiera, como el tiempo, el no tener artritis o el no tener que tomar pastillas...

-¿Mantiene entonces la misma sensación al subir al escenario o las tablas quitan entusiasmo?

-¡Qué va! Es un millón de veces mejor. Las tablas se caen. La sensación de cantar a nuestra edad, y hablo de artistas que estamos aún vigentes después de tres generaciones, es mucho más fuerte. Primero porque nos importa el público que llega y entendemos el esfuerzo que hacen para pagar un concierto; y también porque sabemos que se van a arreglar, a peinar, que compran las entradas con antelación...

-Son fans de largo recorrido.

-No es una provocación inmediata, no. Es un público que te quiere siempre, con un amor incondicional, y entonces el privilegio es tan grande que lo único que puedes hacer es dar las gracias continuamente por esos privilegios que no solo te dan a ti, sino también a tu familia, a lo que te rodea.

-¿Cómo percibe ese cariño, esos privilegios?

-No es por ser presumido, porque ya tengo muchos años, pero vas a Pekín y lo primero que ocurre al llegar a la aduana es que si hay una señora, me da un beso. O cuando, en cualquier lugar del mundo, un policía te da la mano y te dice; «¿Cómo estás, Julio?», o «bienvenido míster Iglesias, ¡qué maravilla que venga usted para acá, mi mamá le ama, o mi mujer le quiere o yo le quiero». Eso ya te genera una entrada inédita a un país. Imagínese cuando eso no pasa más...

-Una conmoción...

-No es que uno se convierta en un adicto a ese saludo, a que te miren con las ventanas de la vida que son los ojos llenos de cariño, es que eso se convierte en un privilegio.

-Pero, después de tanto tiempo, ¿no llega a cansar un poco el tener que estar pendiente de mantener eso que espera el público?

-¡Qué va! Si eres inteligentemente consciente, lo que tienes que evitar es la caricatura. Yo creo que eso, con la distancia, lo he conseguido. Y no peco de inmodesto. Creo que la peor caricatura es cuando uno se imita a sí mismo.

-En su caso, ¿cómo ha evitado caer en esa caricatura?

-A mí me ha salvado el cantar 100.000 veces mejor de lo que cantaba antes. Si cantara La vida sigue igual de la misma manera, uff, no estaría aquí haciendo esta entrevista. Si cantara como hace 40 años, no hubiera cantado con los más grandes de la historia, ni con los clásicos… Plácido, Sinatra o Rod Stewart no me hubieran dejado ni mirarles a la cara, y he cantado con casi todos. Solo me ha faltado cantar con Elvis. Y en cuanto a premios, prefiero no tener un Grammy y haber hecho Abrázame que tenerlo y que no me conozcan en Samoa.

-¿Cuál es la fórmula mágica para continuar en lo más alto después de décadas?

-Yo he intentado crecer como el público que me ha seguido quería que creciese. He tratado de no estar gordo, de no abandonarme. El abandono es lo más terrible de la vida… Estoy tan activo a los 68 años como lo estaba a los 30. Para mí el deporte y la disciplina rozan casi el masoquismo. También son importantes para mí en la comunicación y en el escenario: si no salgo fuerte, no puedo comunicar fuerza y alegría.

-En el aprendizaje, ¿cuánto hay de esfuerzo y cuánto de talento?

-El talento se agranda con el esfuerzo. El genial es genial, pero yo no soy genial. Era una persona de poco talento y le puse mucho esfuerzo. Fui capaz de aprender con disciplina una cosa que normalmente es natural, que es cantar.

-¿En qué momento comenzó ese proceso?

-Yo siempre fui muy curioso y sensible, pero no era capaz de capitalizar esa sensibilidad. Luego tuve el accidente, y puse disciplina a mi vida al máximo para volver a andar y ejercer mi vida normal. Después, ese ejercicio de la disciplina siguió el camino hasta hoy.

-¿Ha inculcado esa disciplina a su hijo Enrique, que también lleva tiempo triunfando?

-Enrique es un fenómeno social impresionante, y tiene el ejercicio de la voluntad heredado absolutamente. Es un chaval que mejora todos los días, que aprende… Un artistazo universal al que ya no le hace falta una opinión de qué es o si gustará o no, como pasa con su padre o con muchos otros.

-Y con el resto de su prole [dos hijos más con Isabel Preysler y cinco con Miranda Rijsburger]?

-La vida me ha dado una segunda oportunidad, y soy más tolerante. Soy abuelo de mi ultima generación de hijos. Paso mucho tiempo con el pequeño, porque me recuerda a mi padre, y además es el único que no distingue la edad y me dice que estoy joven. Miguel y Rodrigo, pues prefieren hablar más con Enrique, con Julio o con Chábeli. Me veo mejor como padre físicamente, pero no en cuanto al cariño o la responsabilidad con ellos.

-Y desde Miami, ¿está al tanto de la situación económica de España?

-De todo… Los españoles nos estamos echando más piedras de lo normal sobre nuestro tejado. Una cosa es tener una actitud seria ante una situación seria y otra, redundar en esta crisis circunstancial grave, que hace que los países se retraigan y no inviertan. Hay que arreglarlo. ¿Cómo? Es una injusticia que haya familias sin recursos, pero el nuestro es un país nuevo, con las infraestructuras más modernas de Europa… Lo que falta es ser competitivos, ahorrar, entender que nos bebimos toda la leche de las vacas gordas. H

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