Julio Iglesias es, para sus seguidores, más grande que su respetable colección de éxitos; más grande que sus canciones y sus estrofas de amor, seducción, despecho y llanto de varón herido por el pérfido planeta femenino. Julio Iglesias es, para fans como los que llenaron el Liceu la noche del miércoles, un icono adorable y un manual de estilo escénico sin imitadores porque, sencillamente, intentar emularlo sería garantía de descalabro. Solo hay un Julio, y ya está bien así.
Anoche, como hace un año en su debut en el coliseo operístico, y en fin, como siempre, pasó por encima de su repertorio reduciéndolo a un hilo musical que le servía para lucir sus gestos vocales tan peculiares. Sus canciones son mucho mejores en su versión discográfica, y el directo es para fans hardcore.