Estamos a principios de 1992. Falta poco para el comienzo de los Juegos Olímpicos de Barcelona. La ciudad vive una intensa fiebre que debe convertirla durante dos semanas en el centro de atención mundial. Por doquier surgen nuevas construcciones, calles, plazas y avenidas. Barcelona cambia de piel para dejar de ser una ciudad condenada al ostracismo por décadas de dictadura y transformarse en una moderna metrópolis europea. Una obra de Tàpies protagonizará una de las más ruidosas polémicas pre-olímpicas.
Información publicada en la página 59 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 08 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Uno de los emblemas de la transformación ciudadana será el Palau Nacional, cercano al estadio que acogerá muchos de los eventos olímpicos. El palacio, proyectado en 1925 para la Exposición Universal de 1929, experimenta una remoción dirigida por la arquitecta italiana Gae Aulenti, una de las estrellas de la arquitectura internacional atraídas por el Ayuntamiento barcelonés para la transformación urbana. El espacio estelar del Palau, que se convertirá en sede del Museo Nacional d'Art de Catalunya (MNAC), es la gigantesca sala oval, uno de los mayores auditorios cubiertos de Europa. Como colofón decorativo de la renovada sala, el consistorio ha encargado una obra al más universal de los artistas catalanes, Antoni Tàpies.
«¡SI HASTA ESTÁ AGUJEREADO!» / En esos días, cuando la construcción del MNAC ya está en la fase final, se celebra en el Palau Nacional una reunión restringida de los patronos del futuro museo. En ella se presenta el proyecto de Tàpies. Se trata de… un calcetín. Es una primorosa maqueta, de unos 20 centímetros de altura, de un calcetín blanco penetrado por filamentos negros y agujereado en varios puntos, cuya versión definitiva medirá unos 18 metros de altura y se erigirá en la sala oval. Al contemplar la maqueta, la estupefacción de las autoridades es considerable. Algunos no pueden reprimir su desagrado. Uno de ellos, con expresión de disgusto, pronuncia la condena definitiva:
-Pero…¡si hasta está agujereado!
A partir de ahí, el calcetín de Tàpies suscita una cascada de rechazos. Está claro que los próceres del futuro museo esperaban otra cosa.
Algo más eterno y al mismo tiempo moderno, al estilo del informalismo matérico que ha dado fama mundial a Tàpies. Un ilustre mecenas apunta que le había «sugerido» al artista la utilización de un exótico basalto negro que solo se encuentra en el centro del Sahara como material de su obra para el MNAC. Las autoridades de la Generalitat de Catalunya señalan que propondrán a Tàpies una modificación de su proyecto, aunque nadie habla ya de basalto negro.
En los días siguientes, tras publicarse una imagen de la maqueta, la reacción de «la calle» se revela adversa. «¡Un calcetín! ¡Y con agujeros!». Inútilmente, Tàpies explicará que quiere «proponer la meditación al espectador y poner de manifiesto la importancia de las cosas pequeñas en el orden cósmico del universo».
¿Cuál es el problema? Más allá de posibles recuerdos de alguna infancia mísera llena de calcetines agujereados, más allá del gusto educado en la exquisitez de lo grandioso y eterno aunque esté hecho de materiales pobres, el problema es de mirada o, mejor dicho, de intensidad de la mirada. Allí donde Tàpies desea realzar la significación de lo insignificante y la unidad fundamental de las cosas (así, los agujeros del calcetín aluden a los «agujeros negros» del universo), los observadores de baja intensidad solo ven un cochambroso calcetín agujereado. La polémica está servida y Tàpies será objeto de menosprecios mediáticos.
En un final demostrativo de su insobornabilidad creativa, Tàpies se niega a retirar o modificar su propuesta, pese a recibir propuestas para erigir su calcetín en diversos lugares del mundo. El calcetín de 18 metros no llegará a construirse ni a erigirse en Montjuïc. Habrá que esperar hasta la primavera de 2010 para que la polémica obra -reducida a 2,75 metros de altura- reaparezca en el patio interior de la Fundació Tàpies de Barcelona, donde puede ser admirada por los visitantes que pueden gozar de la libertad de sus miradas para juzgar la intensidad de la mirada de Tàpies.