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Historiador británico

El historiador británico Eric Hobsbawm falleció ayer a los 95 años en Londres. Nacido en 1917 en Alejandría, hijo de un británico y una austriaca judíos, se crió en Viena y Berlín hasta que en 1933 llegó al Reino Unido huyendo de Hitler. Forjó el concepto del 'siglo XX corto', desde 1914 a la caída del Muro, aunque más tarde apuntó que se deberían incluir las crisis del capitalismo que le seguirían. Referente de la historiografía marxista, comunista heterodoxo, en 1999 ya avisó que el tercer milenio no empezaba bien.

El historiador del siglo XX

Eric Hobsbawm, fiel a los ideales comunistas y referente de la historiografía de raíz marxista, fallece a los 95 años

Intuyó cómo el capitalismo utilizaría la democracia como coartada

Martes, 2 de octubre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
GONZALO PONTÓN

Eric J. Hobsbawm ha sido el más seminal de los historiadores marxistas británicos. Josep Fontana lo dio a conocer en España durante los primeros años 60 del siglo pasado y, desde entonces, casi todos sus libros han sido publicados en Crítica. Las lecciones de Hobsbawm, capitales para aprender metodología histórica, han iluminado a dos generaciones de historiadores españoles y latinoamericanos. Su famosa concepción de la historia, «History is neither praise nor blame, but analysis» («la historia no es ni alabar ni condenar, sino análisis») impregna sus Formaciones económicas precapitalistas (1979), Sobre la historia (1998), La invención de la tradición (2002) o su capítulo en Historia económica: nuevos enfoques y nuevos problemas (1981). Pero sin duda su contribución más popular han sido las famosas Eras, que empezaron con la de la revolución y terminaron con la de los extremos, o de los contrastes.

Eric Hobsbawm, en Viena, en el año 2008. EFE / ROLAND SCHLAGER

Eric Hobsbawm, en Viena, en el año 2008. EFE / ROLAND SCHLAGER

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Información publicada en la página 52 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 02 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Sociedad y economía

Yo publiqué esta última en 1995 con el título, tal vez demasiado plano, de Historia del siglo XX, aunque el maestro nunca me lo reprochó. La tetralogía de las eras no solo revela el inmenso trabajo de investigación y reflexión del autor, sino su capacidad de integrar los hechos políticos, sociales y culturales en la base económica que los explica y su capacidad para destilar una síntesis dificilísima que entrega la carne viva de la historia y desprecia el pellejo maquillado -manipulado- de la apariencia interesada.

Hobsbawm ha sabido explicar «lo que nos pasa» explicando por qué nos pasa y señalando el camino para que no nos pase. Había «pensado-con-Marx» la historia de los hombres (su edición del Manifiesto comunista es reveladora) y desarrollado un sentido propio del materialismo aplicándolo al género humano en su fase actual de evolución histórica. Comprendió como pocos la lógica del capitalismo y supo intuir su enorme capacidad plástica y las infinitas máscaras que iba a adoptar para fagocitar la idea de la democracia y convertirla en su coartada ideológica. No hay más que leer bien Industria e imperio (1976), Trabajadores (1979), El mundo del trabajo (1987) o Los ecos de la marsellesa (1992). Pero la preocupación de su vida de historiador fueron las clases subalternas. En libros como Rebeldes primitivos (1968), Bandidos (1976), Política para una izquierda racional (1993), Gente poco corriente (1999) o Revolucionarios (2000), el viejo maestro destila una inmensa simpatía (una compassion) por los perdedores de la historia y, como siempre, les explica por qué han perdido y por qué algún día habrán de ganar el futuro.

Hobsbawm vivió un «largo siglo XX» en el que su vida espejea, destella o se oscurece al compás de los acontecimientos. Nos quiso explicar su curso vital en libros como Años interesantes. Una vida en el siglo XX (2003), Entrevista sobre el siglo XXI (2004) o Guerra y paz en el siglo XXI (2007). Fue casi un apátrida, un nómada y un outcast que molestaba por su concepción del mundo y su afiliación al Partido Comunista británico que no abandonó jamás, ni siquiera en 1956 o 1968, cuando otros compañeros, derrotados por el estalinismo, lo hicieron.

Él no: Hobsbawm creía que debía seguir siendo comunista no porque no entendiera que aquella ética había degenerado en un talibanismo masturbatorio, sino porque su sentido de la compassion no le permitía flaquear ante los hombres y mujeres comunistas que habían sufrido persecuciones, exilios, torturas y muerte por defender sus ideas. Aunque tal vez aquellas ideas ya no fueran exactamente las suyas, los seres en las que se encarnaban -sus semejantes, sus hermanos- sí lo eran.

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