María Pagés deslumbró en el Victòria con el estreno de Utopía, una apuesta sobria pero rica, contenida pero llena de fuerza, impactante tanto en los números corales, en los que destaca la cohesión y calidad de los bailarines de la compañía, como en los solos de Pagés.
Información publicada en la página 66 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 21 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
A la artista sevillana le ha quedado un espectáculo redondo, tan sorprendente como los edificios del centenario Oscar Niemeyer, cuyo espíritu ha inspirado Utopía. Cada escena aporta algo distinto y no solo por el baile sino por la magnífica música que explora nuevos ritmos y se funde con aires brasileños. Una música que intercala versos cantados de Benedetti, Machado y Baudelaire, entre otros, en un espectáculo flamenco y culto pero, a la vez, popular. Utopía puede gustar a los amantes del flamenco como a los que no lo son. La coreografía no tira de tópicos. Pagés utiliza todos sus conocimientos para ir más allá con una moderna puesta en escena que deja la puerta abierta a la imaginación.
TRAZOS SUSPENDIDOS / Cada espectador es libre de dejar volar su pensamiento al ver ondularse las tres lineas (la curva es la forma preferida de Niemeyer), los tres trazos suspendidos sobre el escenario. Así, son capaces de convertirse en una cárcel que limita los movimientos de los bailarines cuando caen al suelo creando un espacio dividido por líneas verticales y horizontales.
Los números de conjunto dejaron clara la categoría de sus intérpretes que causaron impacto con el repiqueteo de sus tacones al compás, impresionantes, o con sus contundentes palmas. Todos lucen pero Pagés ofrece los números más poéticos, convertida en gota de sangre, amapola enfundada en un vestido rojo o en una alondra, con un elegante vestido de cola. Aprovecha sus interminables brazos para debatirse en un emotivo duelo entre conciencia y deseo. Levanta los olés del público cuando concentra toda su fuerza en los pies y levita sobre el escenario martilleándolo con sus tacones.
Discípula de Antonio Gades, la sevillana convierte el espectáculo en un crescendo de emociones que intercala números de conjunto y solos en los que deja patente todo lo aprendido en su dilatada carrera, incorporando algún pequeño guiño a Dunas, ese magnífico cruce entre el flamenco y la danza contemporánea que creó con Sidi Larbi.
Es difícil quedarse con uno de sus solos. Magnífica esa farruca que se marca casi al principio del espectáculo donde el sonido dulce del chelo enlaza después con las cuerdas de la guitarra. También maravillaron las alegrías del final que hicieron que todo el público se pusiera en pie jaleando a la compañía. Éxito total.