Pese a la estupefacción que mostró Ernest cuando sorprendió a su hijo Greg poniéndose las medias de su madre, lo de que un varón se ataviara con ropa femenina no era nuevo en la familia Hemingway. Él mismo se había visto convertido en una réplica de su hermana Marcelline por su madre, Grace, que de vez en cuando le encasquetaba abullonados vestidos sin plantearse que aquello pudiera tener más trascendencia. Y de hecho no la habría tenido si cuatro décadas más tarde el adolescente Greg no hubiera mostrado una inclinación al travestismo que culminó en un cambio de sexo en 1995, cuando Greg se convirtió definitivamente en Gloria.
Para la mayoría de los miembros de la saga Hemingway, la trayectoria vital del menor de los tres hijos del gran escritor tiene una explicación muy sencilla: en toda familia hay una oveja negra. Pero John Hemingway, hijo del estigmatizado, no estaba dispuesto a quedarse con una simplificación tan burda. Deseoso de descubrir quién era en realidad su padre, se embarcó en una búsqueda que acabó en libro: 'Los Hemingway, una familia singular' (Planeta). Tenía indicios de que la pétrea columna de la masculinidad de su abuelo podía resquebrajarse, y además le iba su propia identidad en ello: “Necesitaba comprender quién era yo dentro de aquella familia (...): ¿con quién tenía más cosas en común, con el padre travesti o con el abuelo famoso?”, dice en el libro.
Con el abuelo famoso, John Hemingway tiene en común la pasión por la literatura y los toros, y otras devociones que relata por correo electrónico, la versión siglo XXI de la herramienta que la familia Hemingway ha utilizado siempre para relacionarse: la carta. “Me gusta pescar y cazar y el buen vino y comer bien y España e Italia y Francia y las mujeres bellas e inteligentes. El sonido de las palabras, la poesía y el mar. Y algo aún más importante: amo a mis hijos tanto como Ernest amó a los suyos”. Lo que comparte con el padre travesti es más difícil de enumerar y el fruto de una labor de zapa para aceptar a Greg y sus circunstancias. “Creo que le he entendido, al menos tanto como es posible entender a alguien. Y convertirme en padre me ayudó. Con el nacimiento de mi primogénito, dejé de ser solo el hijo para empezar a ver por lo que él había tenido que pasar, las dificultades que tiene todo padre, los obstáculos que tiene que superar por sus hijos”, asegura John.
Y si, como él apunta, no es fácil para ningún padre, para uno que se apellida Hemingway, es hijo de premio Nobel y lleva en los genes una herencia maldita, los obstáculos son casi infranqueables. Greg tenía que romper demasiadas cadenas para encontrar su sitio en el mundo, y la primera de ellas era prácticamente indestructible: la de su ADN.
Greg Hemingway era maníaco-depresivo. Trastorno bipolar. Capear con sus emociones era para él una lucha titánica. Lo de su padre, Ernest Hemingway, tal vez no llevara una etiqueta tan clara, pero los efectos eran parecidos, y el resultado, catastrófico: en 1961, incapaz de sobreponerse a un estado de ánimo pisoteado por la presión de la fama, los problemas con el alcohol, la salud en declive, las dificultades de relación con quienes le rodeaban y la sequía creativa, se pegó un tiro en el porche de su casa de Ketchum (Idaho). Había intentado acabar con su vida otras veces, pero aquel 2 de julio finalmente lo consiguió. Seguía con su acto la estela de su padre, Clarence Edmonds Hemingway, que utilizó la misma vía expeditiva contra la depresión, y de su tía Ursula, y tal vez sirvió de ejemplo sin quererlo a otros miembros de la familia que también se quitaron la vida, como su hermano Leicester y su nieta Margaux, muerta de una sobredosis que nunca estuvo claro que no fuera premeditada.
Los paralelismos entre la vida de Ernest Hemingway y su hijo Greg que establece el nieto del premio Nobel, John, a lo largo de su libro nacen, pues, de esa inestabilidad emocional imposible de controlar, aderezada, en el caso de ambos, con un estrés infantil causado por madres que, por exceso o por defecto, impiden a sus hijos desarrollar una personalidad equilibrada y autónoma. Grace, ambiciosa y energética, avanzada a su tiempo, abruma a Ernest. Pauline Pfeiffer, la madre de Greg, en cambio, opta por borrarse de su vida. “Odiaba a aquella zorra. Nació sin instinto maternal. Jamás me demostró ningún tipo de afecto. Que yo sepa, no me dio un solo beso en toda su vida. Nunca me cogió en brazos”, declaró él en 1989. Pauline dejó a Greg en manos de Ada Stern, una niñera alcohólica y manipuladora que le inculcó un miedo cerval al abandono. Sin duda, ella tuvo mucho que ver en las insanas relaciones de pareja que tuvo el hijo del escritor, más basadas en la dependencia que en el amor, otro aspecto de su biografía en el que la conexión padre-hijo es absoluta.
Cuatro mujeres llevaron al altar a Greg y otras tantas lo hicieron con Ernest. En ambos casos, tres de ellas fueron reemplazadas por la siguiente y una se convirtió en su viuda. Ambas viudas, según John, llevaban tiempo anhelando el momento de enterrarlos: “Ida (...) tan solo seguía casada por el dinero, y siempre había sido así. Aguantaba el extravagante comportamiento de Greg porque, como esposa suya, estaba incluida en el testamento. Mary Welsh soportó la última y complicada época de Ernest por motivos similares. Puede que Papa bebiera mucho, la maltratara verbalmente y le metiera mano a toda mujer que se cruzara en su camino, pero Mary sabía que, una vez que él muriera, ella sería la jefa”, escribe John. Ninguno de los dos era feliz con la mujer que tenía al lado, ninguno de los dos era capaz de prescindir de ella.
Con los ojos puestos en la herencia soportó Ida Mae Galliher que Greg se convirtiera en Gloria, y con los ojos puestos en ese mismo lugar potenció Mary Welsh la ambigüedad en sus juegos eróticos con Ernest, trasladando del papel a la cama el cambio de roles sexuales que aparecía en algunas de las historias del escritor. “Si mi abuelo experimentó con el género en su escritura, mi padre llevó la cuestión a otro nivel. Él se convirtió en la manifestación física de la fascinación por la androginia de Ernest M. Hemingway. Ambos fueron distintas caras de una misma moneda (...) Ernest no se travestía como su hijo, pero lo que está claro es que sí que pensaba como él”. El macho entre machos, el cazador, el amante, el aventurero, el guerrero que daba “la medida de lo que significaba ser hombre en Norteamérica” tenía un lado oculto que lo acercaba a su hijo Greg mucho más de lo que él mismo podía imaginar y en el que su nieto no ha tenido miedo de ahondar.
“Gigi, tú y yo procedemos de una extraña tribu”, cuenta John en el libro que Ernest le dijo a Greg dos semanas después de sorprenderlo con las medias de su madre, cuando por fin se decidió a romper el silencio en el que lo había sumido el comportamiento de su hijo. Una extraña tribu en la que los afectos difícilmente traspasan el papel (la relación que tuvieron Ernest y Greg, como la que tendría después John con Greg, fue durante décadas exclusivamente epistolar) y el miedo a la soledad se combate con matrimonios o con electrochoques, a los que padre e hijo eran adictos.
Si el determinismo ambiental y biológico funcionara siempre a rajatabla, de John Hemingway cabría esperar una vida torturada y con final prematuro y truculento, y una difícil relación con sus hijos. No ha sido así. Y eso que tenía muchas papeletas, con un padre bipolar y una madre esquizofrénica que quiso regalarlos a él y sus hermanos a un convento para seguir la llamada de Dios, después de haber vivido en diez apartamentos distintos hasta los 13 años y de haber acudido al mismo número de colegios.
Del abismo lo salvaron su tío-abuelo Les, el hermano de Ernest, que lo acogió en su casa durante cuatro años cuando él era un adolescente (“era un hombre extremadamente generoso y me enseñó la importancia de la familia y del cuidado de los demás”), y algo que solo puede atribuir a la suerte: “No soy bipolar ni esquizofrénico, de modo que es fácil para mí tener una relación normal con mis hijos. Ni mi padre ni Ernest pudieron decir lo mismo”. Tampoco su prima Margaux, que sí heredó el gen maldito de los Hemingway del que tanto habló la prensa cuando se hizo público su fallecimiento, en 1996.
Cinco años más tarde, el 1 de octubre de 2001, murió Greg. Le falló el corazón poco después de haber salido de la cárcel de mujeres del condado de Miami-Dade, donde pasó unos días tras haber sido detenido por pasearse desnudo por las calles de Miami. No era su primera detención, pero sí la primera vez que las provocaciones callejeras a las que dedicaba la energía sobrante cuando estaba en pleno proceso maníaco-depresivo acababan entre rejas. La falta de una medicación adecuada y el ambiente insano de la prisión sin duda hicieron mella en él.
Que aquel día fuera 1 de octubre, precisamente 1 de octubre, también pudo contribuir a que su corazón no resistiera. Su madre, Pauline Pfeiffer, había muerto un 1 de octubre medio siglo antes, y, pese a que Greg ni siquiera quiso honrar su memoria con una lápida, pues sentía que no tenía nada que agradecerle, es probable que su muerte le hubiera estado agrietando el alma a lo largo de esas cinco décadas. Su muerte o la sentencia de su padre cuando esta se produjo: “La mataste tú”.
Cierto es que la acusación fue formulada en 1952, en una de las etapas tempestuosas de la relación entre Greg y Ernest, etapas en las que volaban los puñales de tinta y el hijo no era menos letal que el padre. “Cuando todo se sume, Papa, será: escribió unas cuantas historias buenas, tuvo una perspectiva de la realidad novedosa y fresca y destruyó a cinco personas: Hadley, Pauline, Marty, Patrick y posiblemente yo mismo”, llegó a escribirle Greg. En otras cartas de esa época no dudaba en llamarle “cabronazo” y “monstruo abusivo empapado en ginebra”, y en aventurar para él un final terrible: “Morirás sin que nadie te llore y básicamente sin que nadie te quiera a no ser que cambies”. Un insultante “Ernestina, querida”, salpicaba otra de las misivas, apelativo en el que resuenan de nuevo las medias y los vestidos abullonados.
En esa correspondencia recogida por John Hemingway en su libro se refleja una relación amor-odio que el propio John reprodujo con su padre hasta el nacimiento de su hijo Michael, en 1997, aunque entre ellos dos lo lacerante no eran las palabras sino los silencios: diez años estuvieron sin hablarse. La llegada del nieto trajo, ma¿s que un pan, una llamada bajo el brazo y la posibilidad de mirar al padre con comprensión. La muerte de Greg, en 2001, hizo que además lo mirara con respeto: “Mi padre era bipolar, pero, ahora me doy cuenta, también era mucho más fuerte de lo que muchas personas creían. Al final no se suicidó y me dejó con los sentimientos de insuficiencia y culpa que pueden experimentar los hijos de suicidas. Se tomó en serio las palabras de Ernest que decían que `la valentía es la elegancia bajo presión¿, y evitó `la salida de la familia”, escribe John. El hombre que vivió toreándose los esquemas de Hemingway murió como los héroes de sus novelas.
Once años y 250 páginas después de esa muerte, su hijo reivindica la memoria de la oveja negra. Aunque haya que poner el rebaño patas arriba. “No me cuesta contar lo que he contado sobre mi familia. Bueno, a veces es doloroso pensar lo que mi padre tuvo que pasar, y no estoy seguro de que a él y a mi abuelo les gustara leer mi libro. Pero yo he escrito un relato honesto sobre su relación”, concluye John. Un relato sobre lo difícil que es vivir a la sombra, más que al amparo, de un gen maldito.