Jordi Puntí
Llámenme analógico, pero pasa el tiempo y no consigo sentir ninguna simpatía por el libro electrónico. Ya entiendo que los aparatos como el iPad o el Kindle son el futuro inmediato. Tengo uno en casa y a veces lo utilizo, por eso me doy cuenta de que pueden ser útiles para leer periódicos que se publican en el otro extremo del mundo, o para consultar enciclopedias y libros especializados que uno nunca podría tener en casa. También soy consciente de que para los profesionales del libro -editores, agentes literarios, periodistas culturales- es una herramienta muy práctica, que les ahorra tiempo y visitas al osteópata. Pese a ello, me resisto a comprar y a leer ficción en formato electrónico. Que conste que no es por una especie de romanticismo libresco, del tipo «se pierde el olor que tienen lo libros» -uno de los argumentos que se suelen dar, aunque en realidad los libros no huelen mucho, que digamos.
Información publicada en la página 62 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 22 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
De hecho, mis reticencias tienen más que ver con los libros que ya he leído que no con los que todavía me gustaría leer. Me di cuenta de ello hace unos días, al enterarme de que, cuando te mueres, los e-books que compraste desaparecen contigo. No se heredan, sino que se borran cuando tu cuenta personal por fin caduca. Y lo mismo pasa con las canciones que compraste y tienes en el ordenador.
Acababa de leer esta sentencia fúnebre en un periódico (de papel) y entonces levanté la vista y eché un vistazo a mis libros. En las estanterías conviven los títulos que he leído y releído, y los que todavía no he leído. Bastaría levantarme, hojearlos medio minuto y cada uno me contaría algo. No me refiero solo a todo lo que me dieron al leerlos, sino a los recuerdos que los acompañan: cuándo los compré, dónde los leí, quién me los recomendó, etcétera.
No sé lo que sucederá con todos esos libros el día en que yo muera, donde irán a parar o si los leerá alguien más. Me gusta pensar que un día compartirán mis vivencias con otro lector. Puede que sea de ilusos, pero ya me dirán si no es mejor eso que morir como un robot, sin alma.