La línea que separa lo sublime de lo afectado, lo sensible de lo cursi, es muy fina. Pero algunos artistas logran sostenerse sobre ella durante toda su carrera. El pianista cubano Omar Sosa es uno de esos artistas. El trompetista sardo Paolo Fresu es otro caso. Son músicos que, al margen de su indiscutible talento, hacen sufrir. Se les escucha siempre con un «ay» en el corazón. Un «ay» por miedo a que en su búsqueda de lo bello, de lo hondo, de lo espiritual, se asomen demasiado al borde del sentimiento y caigan en lo sentimental. Ocurre a veces.
Información publicada en la página 52 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 01 de noviembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Sosa y Fresu coinciden en muchas cosas. En su facilidad por improvisar a partir del folclore propio, en su curiosidad por tecnologías nuevas que puedan darles sonidos nuevos. Pero lo que les une, en esencia, es esa necesidad de dar con la nota más sentida, con el gesto más trascendente. Ya lo demostraron hace un año en el Festival de Jazz de Barcelona y lo repitieron el martes en el mismo escenario, la sala Luz de Gas, esta vez para inaugurar la 44ª edición del certamen.
Ha pasado un año y se nota. Su primer disco a dúo, Alma, ya ha salido del estudio, y Fresu y Sosa han tocado juntos varias veces desde entonces. Sus voces van más a una. Si la primera vez que les vimos se buscaban, ahora se encuentran sin dificultad. La señal entre uno y otro es nítida, la comunicación casi perfecta. Pero lo fundamental no ha cambiado. Esos arpegios del piano, esas notas reverberantes del fiscornio, ¿son una delicia o una cursilería? Los mantos de sonidos electrónicos que dispara Sosa, ¿música para entrar en trance o new age? Los ecos, ¿apuntan al más allá o son reflejos de adornos de baratija? No todo fue vaporoso. Fresu y Sosa tienen una pulsación de acero, y cuando quieren, su música tiene el caminar de una descarga o el groove del funk, casi siempre con el compás de África de fondo.
Cristina Pato, portentosa gaitera gallega, se añadió al dúo al final del concierto. La combinación, sorprendente sobre el papel, resultó de lo más natural. Pato toca con la misma hondura y desmesura, al borde del mismo precipicio. Funcionó, porque es una de los suyos.