Lleva cuatro décadas avasallando la pantalla con su elegancia felina y su legendaria mirada, tan impenetrable como penetrante. Charlotte Rampling (Sturmer, Inglaterra, 1946) ha basado su carrera en el interés en explorar los límites de lo socialmente aceptable -el binomio sexo-nazismo en El portero de noche (1974), la zoofilia en Max, mon amour (1986), el turismo sexual en Hacia el sur (2005)- y, en general, en el riesgo artístico.
Información publicada en la página 320 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 04 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-Usted no proviene de una familia vinculada en modo alguno al cine o la interpretación. ¿Cómo decidió convertirse en actriz?
-Mi padre pretendía que yo fuera secretaria, y supongo que yo me di cuenta de que dedicarme a la interpretación me iba a permitir rebelarme contra él y, a la vez, desarrollarme como mujer. Empecé haciendo cabaret con mi hermana, y pronto empezaron a llamarnos para hacer audiciones. A los 17 años, Richard Lester me escogió para rodar El knack… y cómo conseguirlo (1965), que acabó ganando la Palma de Oro en Cannes. Así empezó todo.
-Entre todos aquellos con los que ha trabajado, ¿de quién aprendió más?
-De Luchino Visconti, que me dirigió en La caída de los dioses (1969). Me dijo: «Lo que importa de una actriz es lo que sucede tras sus ojos. Yo te miro a ti a los ojos y veo un mundo fascinante, que ni siquiera tú misma eres consciente de que existe». Fue la persona que más me enseñó acerca de la interpretación.
-¿Qué le enseñó?
-Que no hay técnica alguna. Lo que usas a la hora de crear tus personajes es el mundo invisible, el subconsciente. Debes dejarte llevar y no dejar que la mente te dicte lo que debes hacer. La interpretación nunca debería ser algo intelectual. Los seres humanos no intelectualizamos nuestra forma de hacer las cosas, simplemente las hacemos y ya está.
-Buena parte de los personajes que ha interpretado en su carrera son seres oscuros, peligrosos y hasta perversos, ¿por qué?
-Hay fuerzas en el interior de cada uno de nosotros que no somos capaces de controlar. Mire, yo tengo una buena vida. No soy una mujer depresiva, soy razonablemente feliz. Pero la oscuridad aparece de vez en cuando, cuando estoy frente a la cámara. A veces me veo en la pantalla y me asusto de mí misma. Siempre he querido hacer películas que hablen de realidades que a menudo permanecen escondidas porque la sociedad no quiere verse expuesta a ellas. Entretener al público nunca me ha interesado nada.
-¿Le molesta que la asocien con la oscuridad de sus personajes?
-No me importa lo que piensen de mí, lo importante es que piensen en mí. A pesar de que la carrera de un actor puede llegar a ser muy larga, al final si tienes suerte acabarás siendo reconocido por un pequeño puñado de películas, aquellas capaces de tener un verdadero impacto, de capturar la conciencia colectiva. Yo he protagonizado varias: La caída de los dioses es una de ellas; El portero de noche, de Liliana Cavani, es otra; Bajo la arena (2000), de François Ozon, es otra. Soy muy afortunada, porque si un actor no es capaz de provocar ese impacto, no va a sobrevivir en este negocio.
-En todo caso, no es algo sobre lo que el actor tenga control alguno, ¿no es así?
-Cierto, más bien es cuestión de magia. Yo, por ejemplo, nunca me propuse seguir en esta profesión a toda costa, no me habría importado dejarla. Pero el caso es que los directores han seguido llamándome. Nunca he ido en busca de un proyecto, sino que han sido los proyectos los que han venido a buscarme. Nunca le he pedido nada a nadie. Y me siento orgullosa de ello.
-Los premios honoríficos son un recordatorio del paso inexorable del tiempo. ¿Cómo le afecta eso a usted? ¿En qué medida lucha contra ello?
-¿Me está preguntando por la cirugía estética? Nunca he pensado en hacerme nada en la cara. Me gusta nadar a contracorriente, así que he decidido ser la única actriz que no pase por el quirófano, y demostrar a la gente que se puede sobrevivir sin hacerlo. Después de todo, la juventud es la mayor fuente de belleza que existe. Y no hay cirujano capaz de devolvértela.