Convoque a dos veteranos escritores que no tienen ni necesidad, ni vocación, ni ganas ganas de labrarse una imagen de Madre Teresa de Calcuta y hágales hablar de la virtud cívica de la honestidad. Lo primero que pasará es que Juan Marsé y António Lobo Antunes confesarán su embarazo, su incomodidad y su «ineptitud». Pero esto solo es el principio. Lo segundo que sucederá es que el lisboeta y el barcelonés tratarán, con oficio, de justificar su presencia ante el público que llena el Hall del CCCB. Con cuatro anécdotas, pero también acotando el terreno en torno a la honestidad en la creación literaria.
Información publicada en la página 52 de la sección de Televisión y Radio de la edición impresa del día 21 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Desde la ética artesanal, el catalán intentará dejar alguna respuesta. ¿No fueron honestos con sus ideas incluso los fascistas Pound, Pemán o Foxá?, se pregunta Marsé, para responder: «Todo se reduce a la relación personal del autor con el texto. Si das por bueno, o no, algo que no está a la altura de lo que te has propuesto. 'El esmero en el trabajo es la única convicción moral del escritor', está escrito en un cuadrito que tengo en mi lugar de trabajo». ¿Puede ser honesto el escritor que solo piensa en lo que pide el público? «Cuando escribo no pienso en el lector que me va a leer, pienso en el lector que soy yo», replica.
El portugués dejará al personal en cambio solo con preguntas («no tengo respuestas», dice). ¿Es honesta la suspensión de la incredulidad que exige la ficción? ¿Pueden ser honestos literariamente «hijos de puta en la vida real» como Céline y Pound? ¿Es honesta la copia disfrazada de homenaje? ¿No es envidia «saludable» para que un artista emule a los mejores? ¿Y una buena mentira?
Y al final, lo que pasará es que Lobo Antunes sumirá al auditorio en un silencio ensimismado. «Si el hombre se yergue sobre sus dos piernas proyecta una sombra que lo hace más grande que sí mismo y que le permite sobrevivir a la muerte». Esa vendría a ser, parece, la frase que murmuró el portugués. Y también que Marsé excitará al personal con sus confidencias -incitadas por Emilio Manzano- sobre su dimisión del jurado del Premio Planeta, tras denunciar el nivel «subterráneo» en aquel año de Maria de la Pau Janer.
«Me llamaron narcisista, pero no sabían lo que había detrás», explicó ayer. Que solo estuvo allí dos años, y porque le pidieron que sustituyera a Vázquez Montalbán. Que ya el primer año pidió cambios a José Manuel Lara, y volvió a hacerlo el año siguiente, en una reunión con testigos y amenazando con dimitir. A saber: que se le diera el listado completo y acceso a las obras presentadas, además de las cinco finalistas, como en otros premios -«Lara no me creyó y llamamos a Beatriz de Moura para demostrar que era así»-, que se mejoraran los informes comercial y literario que las acompañan («eran infames, ensalzaban obras que no valían un pito») y que se permitiera al jurado responder a los periodistas. «Y en la rueda de prensa, cuando preguntaron por la calidad media de las obras presentadas, me dije 'esta es la mía'». Seis años después, sostiene: «Fue muy desagradable, pero tengo la impresión de que hice lo que tenía que hacer».