La localidad siberiana de Irkutsk (Rusia) no es precisamente un lugar conocido por su tradición techno, pero desde hace un tiempo es un nombre de uso común entre los aficionados a la electrónica. El motivo: allí nació la dj, productora y ocasional cantante Nina Kraviz, revelación reciente de la música de baile que este año es uno de los nombres esperados del festival Sónar (viernes 15, SonarDôme, 21.00 horas).
Nina Kraviz trae al Sonar los 'beats' del techno y del house siberiano YOUTUBE
Información publicada en la página 71 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 13 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
«Todos mis amigos escuchaban música pop, pero yo prefería el house de Chicago y el techno de Detroit», explica Kraviz en un inglés cándido vía telefónica. «Descubrí esta música a mediados de los 90, escuchando un programa de radio llamado Garage. Tras escuchar un tema de Armando [pionero del acid house] me enganché a este tipo de música». La suya era una pasión solitaria. «Nadie entendía la belleza del bucle», dice, y ríe. «Estuve casada hace tiempo. Y cuando me preguntan qué falló, a veces siento la tentación de decir: 'mi marido no entendía la belleza del bucle'. ¡Es motivo de divorcio!».
ODONTÓLOGA EN MOSCÚ / Unos años después de su epifanía electrónico-radiofónica, Kraviz dejaba Irkutsk para recorrer 5.000 kilómetros y plantarse en Moscú, donde estudió odontología. A la vez que arreglaba dentaduras escribía en prensa, sobre todo por tener la oportunidad de conocer a sus ídolos: Afrika Bambaataa, Jeff Mills… De ahí pasó a las agencias de relaciones públicas, después las cabinas de dj, y tras pasar por la Red Bull Music Academy se estrenó en la música con el trío MySpaceRocket y el interesante corte disco-noir Amok.
Pero Kraviz ha logrado notoriedad, sobre todo, con su carrera en nombre propio, que tras algunos singles bien recibidos -la diatriba techno contra el amor Pain in the ass, I'm week y Ghetto Kraviz- y colaboraciones con gente como DJ Jus-Ed y Sascha Funke, ha desembocado este año en un primer álbum contundente pero cálido, sexi pero cerebral, hedonista pero melancólico.
Editado por el celebrado sello Rekids, Nina Kraviz sirve igual para un sábado (en la pista) que para un domingo (en casa). ¿Con qué paisaje en mente compone Nina? «No lo sé», dice ella. «En realidad no pienso en resultados. Tan solo sigo mis chispazos de inspiración, alguna idea casual… De hecho, creo que si persigues unos resultados concretos, se pierde la magia de la música». Es música cálida; otro disco para quitar la razón a quienes tachan la electrónica de excesivamente automática. «Me gusta usar equipo analógico. No me gusta la música que suena demasiado limpia, casi como plástico. Prefiero un poco de imperfección. Como si la música no estuviera acabada de terminar». El director finlandés Aki Kaurismäki decía algo parecido en relación al cine: con los materiales digitales se pierde la magia del revelado fotoquímico. Los bellos accidentes que pueden llegar. «Estoy de acuerdo. Es como sexo falso, como softcore».
Para las letras y las voces -estamos ante un disco de cierto espíritu
pop-, Kraviz también apuesta por los primeros golpes de creatividad. Sin escritura previa. «No trabajo las letras en exceso. En temas como Choices o Fire, canto lo que se me ocurrió en la primera toma. Hay algo misterioso en la creatividad y, en fin, quiero respetarlo. Me fascina cómo las voces y las emociones pueden aparecer perfectamente formadas en tu cabeza por el camino». Sin embargo, no desdeña un futuro de cantautora pop al uso: «En mis sueños grabo un disco clásico al estilo del Hounds of love de Kate Bush».
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