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El corsario Emilio Salgari

Una novela biografiada recupera al creador de Sandokán en el 150º aniversario del nacimiento del escritor italiano

Jueves, 16 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
ANNA ABELLA / Barcelona

Antes de hacerse literalmente el haraquiri abriéndose el vientre y el cuello con un cuchillo, el creador de Sandokán y el Corsario Negro, con cuyas exóticas aventuras en los mares del Sur y el Caribe nutrió la imaginación de legiones de jóvenes, dejó varias y explícitas cartas de suicidio, una de ellas dirigida a sus editores: «A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, solo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado os ocupéis de los gastos de mi funeral. Me despido de vosotros rompiendo la pluma». El próximo martes, 21 de agosto, se cumplen 150 años del nacimiento de Emilio Salgari (Verona, 1862 - Turín, 1911), que, como sus héroes de ficción, «era antiburgués, anticolonialista, antireligioso, políticamente incorrecto», estaba «turbado por sentimientos de venganza y de revancha y sentía la necesidad de luchar contra las injusticias, propias o ajenas, de las que se sentía víctima».

Emilio Salgari (izquierda) marcó la infancia y juventud de varias generaciones gracias a las aventuras de Sandokán (Kabir Bedi, encarnando al personaje en la silueta de la página anterior) y el Corsario Negro.

Emilio Salgari (izquierda) marcó la infancia y juventud de varias generaciones gracias a las aventuras de Sandokán (Kabir Bedi, encarnando al personaje en la silueta de la página anterior) y el Corsario Negro.

Emilio Salgari (izquierda) marcó la infancia y juventud de varias generaciones gracias a las aventuras de Sandokán (Kabir Bedi, encarnando al personaje en la silueta de la página anterior) y el Corsario Negro.

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Información publicada en la página 312 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 16 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Él ayudó a «generaciones enteras de lectores a afrontar la relación entre arte y vida, entre máscara y rostro, entre lo que somos y lo que querríamos ser: siempre jóvenes, heroicos y enamorados», como sus legendarios piratas, opina el crítico y escritor Ernesto Ferrero (Turín, 1938), autor de la documentada y veraz novela biográfica El último viaje del capitán Salgari (Ático de los libros), finalista del Campiello 2011, donde ahonda en la vida y personalidad del «desgraciado» novelista, como el propio autor decía sentirse en su carta de adiós a sus cuatro hijos.

ÉXITO Y MISERIA

CONTRATOS ABUSIVOS La trágica mañana del 25 de abril de 1911, cuando con la determinación del suicida Salgari cruzó el portal de su casa de la avenida Corso Casale de Turín (el mismo edificio donde vive hoy Ferrero y desde donde responde a este diario), estaba arruinado. El éxito de su prolífica obra -más de 80 novelas, artículos e incontables relatos, muchos bajo seudónimos como Enrico Bertolini y Guido Altieri, para evitarse conflictos entre editoriales y lograr ingresos extra-, era abrumador. Sin embargo, el escritor de poblado bigote, capaz de escribir tres páginas por hora, malvivía produciendo relatos a destajo que apenas le daban para mantener a su familia por las abusivas cláusulas de los contratos que había firmado, a veces sin leerlos, con sus editores, a quienes dedicaba el citado dardo póstumo.

Según Ferrero, bragado en Einaudi, Garzanti y Mondadori y director del Salón del Libro de Turín desde 1998, Salgari no sabía administrarse. «Hoy día, con un agente literario, sería riquísimo. No era culpa de los editores si no sabía negociar. En sus últimos diez años se ganó bastante bien la vida, pero era un pésimo administrador. Aunque la clave es otra: tenía una relación difícil con la realidad y prefería vivir en los mundos virtuales que había creado. Cuando acababa una historia necesitaba lanzarse de cabeza a otra, no podía volver a la Tierra. El dinero ya no le interesaba. Vivía encerrado entre las paredes de su patología».

LA PASIÓN DE LA ESCRITURA

LAS TINIEBLAS DE UN DEPRESIVO CRÓNICO Sandokán, cuyo rostro legó al imaginario colectivo el actor indio Kabir Bedi, eran, decía Salgari, «los lectores, aquello que desearían ser: temerarios, invencibles, a prueba de balas». Y añadía, «Sandokán, además, soy yo». Pero, como le advertía el Tigre de Malasia a su amada lady Mariana, la Perla de Labuán, «hay tinieblas en torno a mí que es mejor no romper, por ahora. Que sepáis que tras esas tinieblas hay cosas terribles, tremendas». «Él padecía una depresión crónica -considera Ferrero-; hoy día lo habrían curado y salvado con una buena medicación. Gozó de un gran éxito, sus lectores lo adoraban, pero no se sentía aceptado por el establishment literario. Y sufría por ello. Hoy sería más famoso que Ken Follett o Stephen King...».

Lector juvenil de Verne y admirador de Dumas y Edgar Allan Poe, Salgari empezó con 25 años como periodista, lo que le permitió escribir hasta que en 1894 la literatura lo absorbió. Le gustaba el ciclismo, la natación y el esgrima pero su otra gran pasión además de escribir era dibujar, porque le ayudaba a contar mejor sus historias. Tenía cajas llenas de dibujos de barcos, batallas navales, mapas de países... y decía que le gustaba dibujar el viento, porque «era como dibujar la libertad, la fuerza, la vida, hacer visible lo invisible».

UNA ESTIRPE MALDITA

LA LOCURA DE SU MUJER Sus propias tinieblas parecían provenir de una estirpe maldita. A los pocos días de morir su madre de una meningitis fulminante, la desesperación llevó a su padre a lanzarse de un tercer piso. También su hermano se suicidió y el propio Salgari ya lo había intentado sin éxito, con una espada. Sus hijos no tuvieron mejor final, aunque Fhatima murió de tuberculosis y Nadir de accidente de moto, Omar y Romero siguieron sus pasos. El primero, como su abuelo, se tiró por el balcón, y el segundo se quitó la vida tras intentar matar a su mujer, su hijo y su cuñado.

La locura de la mujer de Salgari, la actriz de teatro Ida Peruzzi, a la que él, amante de la música, llamaba Aida en honor a la ópera de Verdi y a la que conquistó con apasionadas cartas en las que firmaba como su «salvaje malayo», fue la gota que precipitó su «destino terrible». Pocos días antes de suicidarse el escritor vio desesperado cómo su precaria economía la condenaba a un manicomio público en lugar de poder ingresarla en una residencia privada. «Vencido por desgracias de todo tipo, condenado a la miseria pese a la enorme cantidad de trabajo, con la mujer loca en el hospital, a la que no puedo pagar la pensión, me suprimo», escribía en otra carta a los directores de los periódicos turineses, a quienes pedía que abrieran una colecta para ayudar a su familia.

LA LLAMADA DEL ABISMO

PRECURSOR DE TARANTINO «Su gusto por la violencia, lo pulp, el terror, lo convierten en una especie de antepasado de Tarantino y de las películas de acción», apunta Ferrero. Solía ir al chatarrero en busca de sables, pistolas y otras reliquias pero a pesar de su «amor casi desesperado por lo exótico, la aventura y los viajes», solo navegó tras ingresar con 14 años en el Instituto Náutico de Venecia. Cuando una tormenta lo lanzó por la borda y estuvo a punto de morir confesó, evocando el remolino Maelström de Poe, haber sentido que «la fascinación del horror era más fuerte que el miedo». Sus personajes, como él, oyeron «la llamada del abismo» y «cortejaron a la muerte para sentirse vivos».

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