Cada vez más libreros confían en las nuevas tecnologías para ahorrarse un engorro: etiquetar uno a uno los libros con su respectivo precio, arrancar de nuevo las etiquetas de papel sin que las cubiertas del libro queden dañadas si no lo venden y lo retornan a la distribuidora, que a su vez lo vuelve a poner en circulación... Muchos establecimientos disponen ya de pantallas y pistolas de infrarrojos para que los compradores lean con ellas el precio, y otra información, a partir del código de barras. Pero esta tendencia ha topado con la interpretación que hace de la normativa vigente la Agència Catalana del Consum. Dos librerías de Girona, La 22 y Abacus, han sido multadas a lo largo de este año con cantidades superiores a los mil euros por no adherir una etiqueta en que conste impreso con claridad el precio de cada libro. Otras dos fueron expedientadas pero no sancionadas porque reetiquetaron sus productos.
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