Hay un momento épico en la película Lawrence de Arabia, cuando cientos de beduinos, bajo el mando del enigmático coronel T. E. Lawrence (1888-1935), se lanzan al asalto de Aqaba, una fortaleza otomana básica para el control del mar Rojo. A lomos de camello, los alfanjes en alto, y sin dejar de gritar «Aqaba, Aqaba...», logran sorprender al enemigo, que no se esperaba un ataque por tierra, y conquistar esta plaza fuerte para asegurarse un puerto adonde puedan llega los suministros procedentes de Egipto.
Información publicada en la página 305 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 04 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Hay que recordar que este episodio ocurrió en 1917 y que la película se filmó en 1962, en buena parte en el desierto de Almería y en Sevilla, por lo que la Aqaba que aparece en la pantalla no tiene nada que ver con la real. La Aqaba de hoy es una ciudad jordana que ha tenido un crecimiento espectacular en los últimos años. El hecho de ser el único puerto del país impulsó su desarrollo industrial, al que hay que sumar además su condición de ciudad balneario, con numerosos hoteles, resorts de lujo y megaproyectos pagados en buena parte con capital saudita.
Playas y fondos de coral
La mayor parte del turismo que acude a Aqaba lo hace por las playas y por unos fondos de coral que son ideales para la práctica del submarinismo, pero, aunque parezca mentira, tras esta imagen de ciudad de vacaciones se oculta el escenario de la batalla de Aqaba. El antiguo fuerte, medio en ruinas y rodeado de murallas, se levanta en la Corniche, muy cerca de la playa pública donde las mujeres se bañan completamente vestidas. Lo construyeron los mamelucos en el siglo XV y fue posteriormente ampliado por los otomanos, hasta que el ataque de Lawrence y los beduinos acabó con él. En su interior hay un pequeño museo con objetos que permiten imaginar el pasado de esta ciudad que tanto ha cambiado en los últimos años.
Tengo que reconocer que el altísimo mástil de 130 metros que se levanta justo enfrente, en primera línea de mar, llama más la atención de los turistas que el viejo y decrépito fuerte. En lo alto ondea una bandera inmensa, de 30x60 metros, que puede verse desde Arabia Saudita, Israel y Egipto. De hecho, según me cuentan, está allí por razones de patriotismo y geoestrategia, para dejar bien claro a los vecinos que aquello es territorio jordano.
El desierto en estado puro
No muy lejos de Aqaba, por cierto, se encuentra el desierto de Wadi Rum, muy bien descrito por Lawrence en su interesante obra autobiográfica Los siete pilares de la sabiduría: «Los paisajes son así de vastos y silenciosos en los sueños de la infancia». Allí puede verse el desierto en estado puro, con grandes extensiones de arena rojiza, rocas desgarradas, pozos aislados... y, por desgracia, demasiadas roderas de los muchos 4x4 que lo recorren de arriba abajo para satisfacer las ansias de los turistas.
La leyenda de Lawrence es tan poderosa en Wadi Rum que incluso han bautizado una hilera de rocas enhiestas, que ni siquiera son siete, con el nombre de Los Siete Pilares. En este contexto de desierto resulta fácil imaginar a Lawrence volando con explosivos la cercana vía del ferrocarril, pero no lo es tanto dirigirse hacia el norte, hasta la población de Dera, donde Lawrence fue detenido y torturado por militares turcos. Fue allí donde, según él mismo escribió, perdió «la ciudadela de mi integridad».