"¿EN QUÉ AÑO NACISTE? ¿En el 59, dices? Pues así resulta que tienes 52 años. Si hubieras nacido en el 52, ¡ahora tendrías 59!". Lo piensas y resulta que siempre funciona y se lo dices y Juli Soler responde con unos golpecitos en la clavícula, marca de la casa, y te interroga con su peculiar "lo entiendes, ¿no? ¡Tendrías 59!", y luego te invita a tomar una copa de "champú", un champú en forma de champán (otra broma de la suyas) que dará paso al "festival" que Juli te anuncia y proclama y al cual te conduce a través de las blancas paredes del comedor de El Bulli, atiborradas (pero no revueltas) de bibelots de antiguos 'bullis', como el que aparece en una foto de los Stones, acompañante de la orgía musical. Es entonces cuando, señalando al perro, Juli te cuenta que él actuó con Jagger y compañía y que se encargaba del ritmo de la pandereta, y lo dice con esa sonrisa irónica y a la vez naíf, sin dejar de moverse, sin abandonar esa cadencia suya que es una suma de fractales que describen geometrías variables y que, de alguna manera, crean, por sí solas,
el mundo de Cala Montjoi.
Nada existiría si no existiera Juli Soler, y es alrededor de su flequillo indómito donde se genera el milagro, donde la vorágine nace, donde El Bulli se convierte en fuente de placer. A finales de 1980, poco antes de entrar como director y jefe de sala, Juli Soler explicaba al doctor Schilling, el marido de Marketta: "Lo más importante es que la gente se lo pase bien y yo sé cómo conseguirlo". Él mismo reconoce que entonces fue "descarado" y que quizás no sabía tanto. Pero, Dios, ¡cómo aprendió! Han pasado más de 30 años, y aquel chaval que se definía como un rockero desapareció de su "mapa del momento" y se recluyó en el santuario desde donde se divisa la garra animal y telúrica del cabo Norfeu. Recluirse es exagerar, pero no tanto. Velocidad y estado de alerta riman con Soler. No para un momento quieto. Está en todas partes, pero su espíritu solo reside en esa cala que, con el tiempo, fue todavía más atractiva, mágica, inconmensurable con los parámetros convencionales.
LA FIRMA DE JULI PARECE una caricatura. Destaca la nariz y su flequillo (ese pelo indómito y juvenil que él intenta controlar con soplidos sincopados) y, por encima de todo, la firma se torna símbolo de su personalidad. Emblema. Juli no parece que habite en el mismo planeta que los demás. Tienes la sensación de que siempre navega por otros mares o escucha otras músicas, imperceptibles a tus oídos. Y, sin embargo, sigue allí: atento al cliente, devoto de su vida íntima e impenetrable, dispuesto a ser el amigo que te acoge.
¿Cómo se aprende a ser alma? Eso no se aprende. Lo lleva uno en la mochila. En la maleta, siempre dispuesto a iniciar una gira con los Stones.