El magnate norteamericano William Randolph Hearst, el Ciudadano Kane de Orson Welles, parece que la tenía tomada con España. No solo lanzó a EEUU sobre Cuba desde sus diarios sino que fue el mayor comprador de arte español en el primer tercio del siglo XX. El «gran acaparador», según el catedrático José Miguel Merino de Cáceres y la profesora María José Martínez Ruiz. Un protagonista privilegiado de La destrucción del patrimonio artístico español, título del libro que ambos acaban de publicar en la editorial Cátedra: casi 700 páginas que reconstruyen la rapiña e identifican a quienes colaboraron en ella: su agente en España, Arthur Byne, los hombres de paja que enmascaraban sus operaciones y los clérigos, artistas y nobles que actuaban como malvendedores o entusiastas marchantes.
El anticuario Ignacio Martínez, posando con el claustro que posteriormente fue trasladado a Palamós. ARCHIVO MORENO / IPCE
El anticuario Ignacio Martínez, posando con el claustro que posteriormente fue trasladado a Palamós. ARCHIVO MORENO / IPCE
Información publicada en la página 60 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 22 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Los autores dejan muy claro que la actividad de Hearst no fue un fenómeno aislado. Dedican la primera parte del libro a otros millonarios ávidos de antigüedades (los Morgan, Mellon, Rockefeller, Meadows, Huntington...) y a las obras con las que se hicieron. Y la afluencia de capital extranjero sobre una España empobrecida que malvendía su patrimonio fue solo uno de los episodios de un siglo y medio de expolios: la guerra del francés, la desamortización, la guerra civil, el desarrollismo... Para Merino de Cáceres, no obstante, esa venta masiva de obras de arte «es mucho más triste porque la destrucción del patrimonio histórico español se hizo de forma consciente y deliberada y por parte de quienes estaban más obligados a respetarlo. Fueron indignantes -añade- las ventas que hizo la iglesia subrepticiamente». Y no solo párrocos de aldea.
Merino de Cáceres, discípulo y sucesor en la cátedra de Fernando Chueca Goitia, ya desveló en su tesis doctoral de 1985 los manejos de Byne, el suministrador de Hearst que había conseguido pasar a la historia solo como un reputado experto en arte español ya que «siempre actuó de forma anónima, a través de testaferros». Ahora destapa la personalidad y procedimientos (su correspondencia es impúdica: trata de «perfecto maníaco» al ministro Elías Tormo por la «broma» de ir «por todas partes declarando monumento nacional cada pieza») de él y de sus muchos cómplices españoles y detalla su botín: 83 techumbres (una obsesión), los monasterios de Sacramenia y Óvila, el castillo de Benavente, tapices de las catedrales de Toledo y Palencia, ingentes colecciones de armaduras, mobiliario y cerámica... En el libro, ilustrado exhaustivamente, muchos monumentos que fueron devastados ya aparecen con un aspecto penoso. En el fondo, ¿los coleccionistas los salvaron de la ruina? «Los edificios aguantan más de lo que parece: por ley natural tienden a no caerse», replica el historiador de la arquitectura.
En el caso de Hearst, es más conocido cómo atiborró de arte español su aberrante mansión de San Simeón (la Xanadú del Kane de Welles). No tanto cómo sus compras masivas llenaron otras nueve residencias, o que el grueso de su colección era para un museo de arte medieval que quería construir en Berkeley pero que no se hizo realidad por el crack del 29. Una pregunta: ¿cómo el hombre que se inventó una guerra contra España sentía tal pasión por sus obras de arte? «Es que era mucho más fácil comprar arte en España, y más barato», reconoce Merino. Cuando alguien compra, es porque otro vende.