Poco queda hoy de Burning. Apenas el afable Johnny Cifuentes, siempre dispuesto a subir al escenario para desempolvar tan mítico cancionero... y los recuerdos. Pero, ¡qué recuerdos! «Recuerdos del pelo largo», que cantaban en la estremecedora Una noche sin ti. Recuerdos intensos que llevaron al periodista Alfred Crespo, codirector de la revista Ruta 66, a enfangarse en la ardua tarea de explicar las aventuras de la banda española de rock'n'roll por excelencia.
Información publicada en la página 318 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 24 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Más de uno ha intentado contar la historia de Burning y ha desistido. Sí existe una biografía, Veneno del rock, en la que el grupo no participó. Y el cineasta Óscar Aibar se planteó rodar un documental y acabó rindiéndose. Al final solo Crespo llegó a la meta. «Tú nos pillas el rollo, tendrías que contarlo tú», le incitaba Pepe Risi en sus largas romerías nocturnas de antro en antro. Y cuando en 2004 les reeditó sus dos primeros singles, fue Johnny quien insistió: «Ahora solo falta que nos hagas el libro».
Burning Madrid, que así se titula, por deseo expreso de Risi, no solo retrata al grupo de La Elipa; también describe una época en la que la industria musical era un zarzal de excesos e incompetencia, en la que salir de gira era como apuntarse a un safari con tirachinas. El quinteto tenía una merecida fama de peligroso y se codeaba con lo peorcito de su barrio, pero fuera de él, por los pueblos de España, los componentes recibieron pedradas, fueron encañonados con escopetas y más de una vez salieron sin cobrar, víctimas de la amistad entre el promotor local y la Guardia Civil.
Formados en 1974, sus rockeros retratos de los vicios, códigos y ansias de su entorno cobraron dimensión de himnos de barrio: Jim Dinamita, Mueve tus caderas, Las chicas del drugstore, Esto es un atraco... Su romanticismo y hambre de vida los convirtieron en imán de féminas y referente para varones con deseos de libertad y juerga. La de Burning iba camino de ser la historia de la Gran Banda de Rock de España, pero, aclara Crespo, «es la de un grupo que estuvo siempre a punto de... pero nunca».
La vida al límite, tan habitual en esos años sin red de seguridad, hizo que Burning rebasase el tópico del sexo, drogas y rock'n'roll. En su agridulce singladura hubo sobredosis, suicidios, denuncias por corrupción de menores, robos entre los miembros del grupo, traficantes iranís, estriptises de azafatas de Iberia, un concierto en la cárcel, otro con Parchís y Manolo Escobar... Sonrisas, lágrimas y, ante todo, una profunda relación de amistad.
Si en algunas páginas, uno se pregunta, entre risas, cómo pudo pasar todo aquello, la crudeza de otras anécdotas pone los pelos del punta. Y es que Burning no solo fue la versión castiza de los Rolling Stones debido a su sonido. Estos Stones madrileños también exprimieron el rock'n'roll way of life. Con una salvedad: los de La Elipa no olieron contratos millonarios, lo que ganaron se lo fundieron antes del amanecer y, añade Crespo, «todo lo que se les pudo girar en contra se les giró». Lo que vino después de sus días de gloria fue una amarga batalla por la más estricta supervivencia.
MASAJES EN LA AGONÍA / La redundancia en algún párrafo queda compensada por una labor infinitamente más valiosa: ganarse la confianza de los protagonistas para que hablen sin tapujos de sus días dorados y, también, de los más sórdidos. Solo así podemos saber que la especialidad culinaria de Risi eran los espaguetis al costo, que en sus últimos bolos recibía asistencia respiratoria, que Johnny masajeaba los pies de su amigo mientras agonizaba en el hospital y que hoy reposa en un féretro junto a «una papela y una botella de Jack Daniels», gentileza póstuma de Loquillo.
La biografía de Burning está sobradísima de material para alimentar la película más salvaje jamás rodado sobre una banda de rock española. Por ahora tenemos la biografía de Crespo. Un catalán, qué paradoja. Pero no olvidemos que esta madrileñísima banda de rock'n'rollchuleaguirispatípatuprimo, como la definió en 1975 el crítico Oriol Llopis, grabó sus mejores discos en el barrio barcelonés de Horta.