Llueven premios. Una fina lluvia que suele caer en los primeros meses del año. Gremios y familias -cine, teatro, y televisión, entre muchos- rellenan papeletas, hacen recuento de votos y se aprestan a organizar ceremonias de entrega. ¿Por qué tengo la impresión de que lo que importa no es el premio ni el premiado, sino la gala de entrega que los contiene? El premio justifica la gala, como el huevo justifica a la gallina. Y así nos luce el pelo.
Información publicada en la página 67 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 05 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
¿Qué pasa que últimamente no hay gala o ceremonia de entrega sin polémica? No se han olvidado todavía las críticas al tono -más o menos adecuado, allá cada cual con su criterio-, de la última gala de los Premios Gaudí, cuando se levantan, esta misma semana, vientos de polémica a propósito de la gala de los Max de teatro y, más concretamente, de su retransmisión por parte de TVE. Los que vieron la gala desde su casa se perdieron parte del contenido debido a los recortes -¡tijera, tijera, maldita tijera!- que impuso el responsable de la emisión. Algunos parlamentos de agradecimiento desaparecieron del todo o quedaron en un «gracias» de recibo. La palabra «censura» ha vuelto a primer plano. ¿Censura? Es posible, yo no pongo la mano en el fuego por nadie y menos por aquellos que tienen la sarten por el mango. Pero también es verdad que hay quien ve fantasmas por todas partes. Y si hay algo peor que ver fantasmas es verlos donde no haylos. Llámenme tonto, díganme ingenuo, pero yo soy de los bienpensados («Bienpensado y bienpensante/ subió al limbo de los justos/ con la verdad por delante») que cree que todo se reduce a un simple problema de minutaje.
TVE tenía 120 minutos para la retransmisión y la gala se alargó en muchos, muchos, muchos más. Me consta. Yo estuve allí. Hubo parlamentos excesivos. Agradecimientos notoriamente aburridos. ¿Por qué hay quien sube a recoger un premio y da por hecho que toda la ceremonia se ha organizado solo para él y convierte su minuto de gloria en quince de tormento?
El arte de Gracián
Propongo que, en adelante, se adiestre a los nominados en el arte de Gracián («Lo bueno, si breve, dos veces bueno, y aún lo malo, si breve, no tan malo»), para que al subir al escenario, llegado el caso, sean capaces de alcanzar la gloria de Fernando Trueba al recibir su Oscar: «Me gustaría creer en Dios para agradecérselo. Pero solo creo en Billy Wilder. Así que, gracias Mr. Wilder». Esto no lo mejora ni Gracián. Y ante esto se caen de las manos todas las tijeras.