Sonrientes y aplaudiendo al público que llenó el Liceu, así acabó la actuación de los bailarines de la compañía Alvin Ailey en su triunfal regreso a Barcelona con un variado programa. Las casi tres horas, con dos descansos, pasaron volando.
Información publicada en la página 57 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 15 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Muchos fueron los flashes que impactaron la retina del espectador, que salió del coliseo con el alma llena de buenas vibraciones. El primer impacto fue la explosión de color de Festa Barocca, un auténtico festín de sensaciones inspirado en bellísimas arias de Händel. La pieza del coreógrafo italiano Mauro Bigonzetti fue interpretada por toda la compañía. Lástima que las piernas de los intérpretes, cubiertas con largas faldas de vivos colores, no lucían. Pero el efecto que la prenda causaba en los saltos compensaba.
Dos momentos estelares: el mágico solo de la bailarina Hope Boykin y el pulso entre Linda y Glenn Sims en su dúo. La pieza explota la capacidad técnica de los bailarines de la compañía que, pese a conservar un núcleo afroamericano, integra a gente de diversas culturas como el japonés Kanji Segawa. Su afinado cuerpo contrastó con el de los veteranos Guillermo Asca, algo robusto, y el atlético Jirven James Boyd.
Love stories propinó el segundo impacto de buenas vibraciones, a ritmo de hip-hop. La pieza creada por Rennie Harris y Robert Battle, actual director de la Alvin Ailey, se abrió con un tierno solo sobre una melodía de Steve Wonder que Jamar Roberts bordó. Después, cambio total con ritmos hip-hop y bailes urbanos acrobáticos. Los intérpretes contagiaron su entusiasmo a la platea. Entre las exhibiciones individuales destacó Renaldo Gardner cuando, transformado en una coctelera humana, descendió hasta el suelo realizando un espagat frontal.
Al final, la compañía regresó a sus orígenes con Revelations, canto universal al espíritu de superación del ser humano, inspirado en las vivencias de los esclavos y la música gospel. Todos los intérpretes se entregaron a tope para insuflar aire fresco a una obra creada hace 52 años. El espíritu de Ailey pervive en esta pieza que acabó con el público dando palmas en el bis.