Bob Dylan propone otro sustancioso viaje a las raíces de la música norteamericana en su nuevo disco, Tempest, que verá la luz el 11 de septiembre. Estamos ante una obra que sigue el hilo del folk, el blues y el proto-rock'n'roll a través de canciones que exhiben un voluptuoso fondo narrativo; algunas especialmente largas, como la que le da título, que roza los 14 minutos.
Información publicada en la página 42 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 04 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Desde que, en el 2001, publicara Love and theft, Dylan ha acotado un territorio de sabor tradicional en el que las esencias americanas y las producciones crudas marcan la pauta. No parece interesado en volver a trabajar con productores ajenos, como Daniel Lanois o Don Was, sino que asume él mismo esa función (bajo el seudónimo de Jack Frost), y busca la sonoridad desnuda de los instrumentos y el efecto de la interpretación diáfana, sin manipulaciones de estudio. En ese contexto se sitúan todos sus discos del siglo XXI. También Tempest, el cuarto que publica en esta centuria, a los 71 años.
BANDA COMPACTA / En Tempest vuelven a citarse las fuentes sonoras de la música norteamericana. Un poco menos decantadas hacia el blues y algo más hacia el folk, si bien con formas corpulentas, sustentadas por la banda que sigue arropándole en directo: Charlie Sexton (guitarra), Stu Kimball (guitarra), Tony Garnier (bajo), Donnie Herron (steel guitar) y George Receli (batería). La única presencia externa es la del venerable David Hidalgo, de Los Lobos, que aporta acordeón, guitarra y violín. Pero Tempest no se explica solo a través de su gestión de los géneros musicales y sus instrumentaciones, sino también de sus textos. En un trabajo con hondo y generoso sustrato narrativo, en el que el escribiente Bob Dylan, flamante premio Príncipe de Asturias de las Letras, cuenta historias, a veces un tanto crípticas, con desarrollos y desenlaces tirando a sombríos.
VÍDEO SARCÁSTICO / Hay ironía y sarcasmo en el ambiente de algunos de los dramas narrados; incluso en el sorprendente vídeoclip de Duquesne whistle, donde el protagonista, un romántico inocentón, termina siendo golpeado por un grupo de matones. Mientras, Dylan pasea flanqueado por un grupo de compinches pintorescos, entre ellos un doble de Gene Simmons, de Kiss. ¿Un mensaje en clave? Tempest no puede aspirar a situarse entre las obras capitales de Dylan, pero es un consistente retrato de madurez. Y canciones como Long and wasted years, Pay in blood o Tin angel merecerían el mayor (y más esquivo) honor: que Dylan las interprete en sus recitales.