Barry Sonnenfeld
Información publicada en la página 58 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 25 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Cuando vio la luz, la primera entrega de Men in black resultó ser algo nuevo y excitante, sobre todo gracias a la eléctrica dinámica que manejaban dos protagonistas -sus dos protagonistas humanos, se entiende- y a un catálogo de criaturas hilarantes, grotescas y tremendamente palpables. Una década y media más tarde, incluso mucho antes de que Will Smith viaje cuatro décadas atrás, el tiempo parece moverse en contra de esta tercera entrega. Pese a que al menos de entrada tiene lugar en el 2012, la película se percibe como una reliquia de otra época, tanto a causa de sus diseños como por esas caducadas referencias a Jerry Maguire o El club de la lucha y las ideas tomadas sin reparos del guión de Regreso al futuro.
El principal atractivo de la premisa de esta saga es la idea de que justo debajo de la superficie aparentemente ordinaria del mundo cotidiano se esconde un universo increíblemente exuberante y magnífico ya también amenazador, pero bajo la superficie de esta película no hay nada exuberante ni magnífico ni amenazador, solo una amable mediocridad revestida de imponentes efectos especiales colocados donde debería haber buenos momentos de humor y agudeza visual. Pero Men in black 3 resulta frustrante menos por las ideas de las que carece que por las que esboza, manosea y en última instancia desecha, como el potente choque cultural que un hombre negro de hoy sufriría al toparse con el racismo de ayer o el potencial de una borgesiana criatura de cinco dimensiones para meditar sobre el paso del tiempo y la infinitud de efectos mariposa que lo determinan. NANDO SALVÀ