Dead Can Dance figura en la liguilla de creadores cuya propuesta no puede describirse recurriendo al catálogo ordinario de géneros y etiquetas, porque su propuesta es mucho más interesante de lo que sugieren casillas como world music, new age o pop gótico. Sus marejadas sonoras son trascendentes sin resultar pretenciosas, bellas sin ser cursis, y aventureras sin caer en el torpeza multiculti. La elegancia y la intensidad son rasgos de este dúo anglo-australiano, que, por mucho tiempo que deje pasar entre sus señales de vida, tiene siempre a sus fans cerrando filas cuando chasquea los dedos.
Información publicada en la página 70 de la sección de Televisión y Radio de la edición impresa del día 24 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El lunes, noche de gala en el Auditori, con las entradas agotadas, para su regreso a Barcelona, ciudad en la que actuaron dos veces en el pasado (Palau, 1996, y Auditori, 2005). Lisa Gerrard, con terciopelo negro y capa dorada, cantando como una sacerdotisa. Brendan Perry, menos místico, con una voz sensual y dominio del laúd. Junto a ellos, cuatro músicos con la misión de construir los oleajes electrónicos y las minuciosas tramas rítmicas que hacen del repertorio de Dead Can Dance una experiencia sensorial absorbente.
MÁS QUE FUSIÓN / Se permitieron interpretar en su integridad su nuevo disco, Anastasis (el primero desde Spiritchaser, de 1996), que lleva un poco más allá su ambición de sobrevolar siglos y culturas en canciones construidas sobre muchas capas de sedimentos. Miradas a Turquía y Oriente Próximo, no para rendirse ante esas civilizaciones, sino para alimentarse de ellas y crear algo más grande.
El público apenas se atrevía a sacar fotos con el móvil, indicador lapidario de la severidad de la noche. Ovaciones crecientes al son de los rescates del pasado, como Sanvean, Nierika y Now we are free (que Gerrard interpretó en su día como clímax de la banda sonora de Gladiator). Y tres largos bises con citas a The ubiquitous Mr. Lovegrove, Dreams made flesh (procedente de otra colaboración paralela de la cantante, esta con This Mortal Coil) y Song to the siren, de Tim Buckley. Al terminar no nos sentimos abrumados, sino reconstituidos.