En un memorable sketch de la décima temporada del programa Saturday Night Live, el presentador, Martin Short, conduce una subasta de memorabilia beatle. Después de despachar una púa de guitarra que empleó John Lennon para grabar Eight days a week (vendida por 45.000 dólares) y un cepillo de dientes que Paul McCartney se llevó a las sesiones de Rubber Soul (¡110.000 dólares!), Short anuncia la siguiente pieza: «Ahora, damas y caballeros, si van a la página 22 de sus catálogos, tenemos el lote 36: Ringo Starr». En ese momento aparece, sí, Ringo Starr ataviado con el clásico traje gris de cuello redondo y sin solapas de los primeros años de la beatlemanía. El presentador dice de él que es un batería que tocó durante nueve años con los Fab Four, que tiene una gran colección de anillos y que «está en muy buenas condiciones». El precio de salida son 75.000 dólares. Los compradores no se animan a pujar por él. Uno de ellos pregunta si la chaqueta que lleva fue utilizada en alguna ocasión por McCartney. El subastero baja hasta 15.000 dólares. «¡Por Dios, es un ser humano!», implora. Nadie parece interesado. Al final, un comprador lanza la pregunta definitiva: «Estoooo, ¿sabe hacer algo?».
Ringo, con una portada de 'Rolling Stone'. Abajo, el nuevo disco. EL PERIÓDICO / AP / BETH A. KEISER
Información publicada en la página 20 de la sección de (vacia) de la edición impresa del día 29 de enero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La broma es cruel pero da en el blanco. Y dice mucho del temperamento de Ringo Starr el que aceptara participar en un ejercicio de autoflagelación tan colosal. Desde que hace medio siglo se convirtió en un beatle, Ringo ha cargado sobre sus espaldas el sambenito de tipo sin talento que debe solo a la buena fortuna el haber formado parte del grupo pop más grande de la historia. Es un lugar común no del todo injustificado. Cuando, en el verano de 1962, John, Paul y George tomaron la decisión de deshacerse de Pete Best, ni siquiera pensaron en Ringo para sustituirle, sino en Johnny Hutchinson, que tocaba en los Big Three y tenía la reputación de ser el mejor batería de Liverpool. Pero Hutchinson declinó la oferta alegando que Best era amigo suyo. Un golpe de suerte para Starr, que fue la segunda opción y se hizo con la plaza.
Ya desde los primeros días, Ringo tuvo un atisbo de lo que le deparaba el futuro: en adelante sería considerado un advenedizo; el polizón que se coló de matute y sin merecerlo en una expedición llamada a encontrar El Dorado. Las fans del apuesto Pete Best le abucheaban en las actuaciones y le enviaban cartas amenazadoras. Para colmo, el productor George Martin decidió prescindir de sus baquetas en la grabación del primer single del grupo (Love me do) y colocó en su lugar a un experimentado batería de estudio llamado Andy White, que cobró 57 libras por el trabajo.
Pese a su apariencia de tipo dicharachero y eternamente bien dipuesto, Ringo fue en los Beatles un músico inseguro, dolorosamente consciente de sus limitaciones frente al milagroso talento de John, Paul y, en menor medida, George. Mientras estos ampliaban los horizontes de la música popular en cada visita al estudio de grabación, Starr mataba el tiempo jugando a cartas. La primera composición del catálogo de la banda que apareció firmada en solitario por Richard Starkey (tal es su verdadero nombre) tenía un título revelador -Don't pass me by (No me dejes de lado)- y, bajo la forma de una disparatada súplica amorosa en clave de country & western, escondía un amargo llamamiento a sus compañeros para que le tuvieran en cuenta. La petición no fue atendida. Días después de grabar la canción para incluirla en el White album, McCartney reprendió con poco tacto a Ringo por su forma de tocar un redoble y el batería abandonó el grupo. Tras unas vacaciones en Cerdeña, aceptó volver al estudio, persuadido por los ruegos de Harrison y McCartney. Este último le envió una nota que decía: «Ringo, te necesitamos. Eres el mejor batería para los Beatles».
Un solo de despedida
Lo era, en efecto. Y este es un punto que se suele pasar por alto. Sin ser un dios de los tambores, Starr patentó una forma de tocar la batería -relajada, versátil, metronómicamente perfecta- que se adaptaba como un guante a las necesidades de un grupo como los Beatles. Y la inventiva de algunos de sus patrones rítmicos -Rain, Tomorrow never knows, A day in the life...- sigue causando asombro hoy en día. Alérgico a las exhibiciones de virtuosismo, reservó el único solo que grabó con los Fab Four para la canción que puso el colofón a la carrera discográfica de la banda (la apropiadamente titulada The end).
Resulta injusto resumir la trayectoria del Starr posbeatle en nueve líneas, pero ahí va: un puñado de discos entre simpáticos y estimables (la cima es Ringo, de 1973), numerosas colaboraciones con otros músicos, una decena de películas como actor y una morrocotuda adicción al alcohol de la que se recuperó en 1989 junto a su segunda esposa, la chica Bond Barbara Bach. El martes sale a la venta su 17º elepé de estudio, Ringo 2012. Es su particular modo de celebrar el jubileo de oro de su ingreso en los Beatles. Y en la historia. H
24/05/2012 Sociedad