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SEGUNDA incursión EN LA NOVELA NEGRA

La Barcelona mangui de Carlos Zanón

El escritor se confirma con 'No llames a casa'

Lunes, 23 de enero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
ERNEST ALÓS
BARCELONA

¿Qué puede suceder si un poeta barcelonés sin demasiada fortuna editorial se pasa a la novela negra? Quizá que se apunte todos los clichés del género. O, en cambio, que procure evitarlos, que empiece una novela con una frase como «La gente que olvida mal suele hacerse daño» y diga que no la da miedo «poner un alma poética dentro de la novela». Que pase de crear un personaje con carisma que le asegure una serie de continuidad garantizada. Que se olvide del Raval, de las putas de buen corazón, de policías amargados, mossos entusiastas, mafiosos malísimos y macarras noblotes. Que alterne el juego rápido del diálogo contundente y el juego lento de la descripción y la imagen triste y cruda, escatológica incluso. Y que le salga bien y su nombre empiece a sonar como el nuevo autor a seguir. Es lo que le ha sucedido a Carlos Zanón (Barcelona, 1966), que este sábado reventó la librería Negra y Criminal en la presentación de su segunda novela negra, No llames a casa (RBA).

Carlos Zanón firma libros en la librería Negra y Criminal, el sábado. RICARD CUGAT

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Información publicada en la página 59 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 23 de enero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

«Me molestan mucho los tópicos y lugares comunes. Quiero que los escenarios y las situaciones sean verosímiles, y no repeticiones de algo que tiene vínculos con la ficción, con otras películas o novelas, pero no con la realidad», aclara Zanón. También rehuye de los diálogos a lo Marlowe, «que el protagonista siempre sea cínico, brillante y tenga siempre la frase adecuada; porque cuando estás discutiendo no quieres ser brillante, quieres ser mangui, o no decir la verdad, o esconderte».

CHANTAJISTAS / Lo que no quiere decir que no haya trama, tensión, tiros y mala vida. En No llames a casa, un trío muy lumpen, Bruno, Raquel y Cristian, descubre un buen negocio en seguir a las parejas que salen de apartamentos de alquiler por horas, identificarlas y chantajearlas. Una de ellas (Max, un separado a cuatro velas y Merche, una excompañera de trabajo) se cruza en su camino. Y todo acaba muy muy mal.

En el castellano de la novela se cuelan por todos los rincones frases en catalán. «Esa es la realidad. También quedan raras muchas novelas en catalán que reflejan determinados ambientes y en los que se elimina el castellano. Lo que sí cuido mucho es evitar que el burgués o el policía bueno hablen en catalán y el quinqui en castellano. Hay una Barcelona de barrios obreros que habla catalán». No llames a casa no son un guía ni turística ni antiturística. Sus escenarios recuerdan al Guinardó del autor: «Un barrio obrero, trabajador, sin una delincuencia masiva pero en que la vida de la calle y de los bares aún existe. No he vivido

-aclara- en un barrio chungo, pero creo que soy un buen observador».

En No llames a casa hay quien lleva una vida muy chunga, pero también hay gente muy normal que acaba descarrilando. Y eso es lo que puede resultar más inquietante para el lector normal. «Bruno es un quinqui y un animal, pero Max es el que se ve más feo al mirarse al espejo, y a la vez en el que el lector puede reconocerse y pensar que una persona normal, como tú y como yo, según las circunstancias...».

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