El Ratafía se sujetaba el pelo con una goma de pollo, una coleta de color tabaco, con hebras aún más rubias, que le llegaba hasta casi la cintura y no dejaba de mesarse mientras nos regañaba, cada dos por tres, con razón o sin ella. Después de todo, el hijo del señor doctor tenía licencia para sermonearnos cuando le viniera en gana porque era él quien tiraba del carro, el que entendía de solfa y nos colocaba en la octava correcta, el único de los cinco que creía un poco en el futuro de Els Xaloc, un futuro que se nos hizo mixtos al final del verano. Los demás cofrades del grupo, nada, aficionados, artistillas del montón que tocábamos de oído, aunque mi hermano Paco le ponía empeño, el tío. Tenía talento natural para la música y cabeceaba, como un buey tozudo, haciendo ejercicios de digitación en el mástil de la guitarra, desde que salía por la puerta del taller de los salesianos y hasta las tantas.
Información publicada en la página 316 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 08 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
--Paquitoooooo, que te estoy diciendo que lo dejes ya. Que tu padre se levanta a las cinco para ir a la fábrica.
La vieja no podía oír nada desde la cama porque el Paco no enchufaba la Gibson al amplificador y, encima, habíamos tapizado las paredes del cuarto con hueveras de cartón para reducir las reverberaciones. Imposible que madre escuchara ruido alguno, pero debía de ver en luz en la raja de la puerta y se reconcomía lamentándose por nuestro porvenir. «El día de mañana», decía la pobre.
Así, hasta que nos vencía el sueño en la habitación que compartíamos en el piso de Santaco, yo ojeaba el Vibraciones y el Paco se machacaba los dedos; tenía las yemas tan encallecidas que calentabas un alfiler al rojo con el mechero, se lo clavabas y no sentía nada, como si fuesen de porexpán. Y justo esa paciencia suya, la testarudez, le permitía estar a la altura: si el Rata enfilaba un camino con la brújula de la sabiduría, el otro, mi hermano, le seguía a la zaga, a golpes de intuición, e incluso llegó a hacer algún arreglo apañado.
Ratafía y el Paco, dos gallitos de pelea para un corral tan pequeño. Se pasaban el día hablando de música --bueno, en realidad metíamos baza todos, y la Brigitte, la tía, se sacaba las letras en inglés--, que si King Crimson, que si Genesis, que si el solo aquel de Jimi Hendrix con los dientes... Soñábamos con Led Zeppelin y, ya ves tú, nos quedamos en teloneros para la fiesta de los quintos de Sant Hilari.
El grupo ya no recuerdo cómo lo montamos, pero debió de ser a pie de barra, de taberna en taberna, que es donde se arman todos los líos, dejando detrás de nosotros un desparrame de botellines vacíos de cerveza. Ellos, los catalanes, pedían «una mitjana»; nosotros, «un tercio». Ellos eran los hijos de la tierra; nosotros, el Paco y yo, los forasteros, los xaves, la caterva que abandonaba la asfixia del extrarradio barcelonés para desbravarse durante los fines de semana en urbanizaciones de mala muerte, de tochana y uralita, las más de las veces sin luz ni pavimento. Charnegada Park.
Por alguna extraña razón, aquel verano, el verano del setenta y nueve, empalmamos una retahíla de bolos por las fiestas mayores de media Girona, desde Sils y hasta Avinyonet. Íbamos como segundones, pero ahí estábamos. Y había que trabajar duro.
Un mediodía de calor atroz, nos pusimos a ensayar, como de costumbre, en la masía del Pere, en el cobertizo donde guardaban el tractor y los aperos de labranza, una especie de barracón de paredes rasas donde habíamos dejado instaladas mi batería, la mesa de mezclas y la montonera de enredos que arrastrábamos de pueblo en pueblo. Corría la voz de que una emisora del Empordà organizaría en septiembre un concurso para grupos noveles y el que resultase ganador podría grabar la maqueta de un disco. Una hora detrás de otra machacándonos, respirando polvo y telarañas, rodeados por el mosquerío que llegaba de los establos. Y fue de repente cuando el Ratafía descargó un puñetazo sobre los teclados que sonó a berrido histérico.
--¿Què passa ara? --dijo el Pere.
--¡Passa que sonem a llauna, collons, a llauna de sardines!
--Ya estamos otra vez --terció mi hermano mirando las vigas de la techumbre.
--Nanos, o us concentreu o no fotrem res. Au va, macarenos, sant tornem-hi --gruñó el Rata.
Mi hermano y yo nos cruzamos dos miradas como sables.
Y seguimos, vaya si continuamos. Yo con el testuzo bajo, porque entendí que si sonábamos a lata era por mí, por mis platillos Zildjian, los mismos que el mar se tragaría poco tiempo después. Me dolían las muñecas y me zumbaban los tímpanos, pero insistí repitiendo para mis adentros el triplete de virtudes que se espera de un buen batería: coordinación, velocidad, resistencia.
Sería ya en la atardecida cuando el padre del Pere asomó en la puerta del galpón, vestido con un mono azul, las botas de goma embarradas hasta las rodillas, apoyado en el mango de una azada.
--¡Pereeeeee! --gritó--. Cagumdéu, ja és hora que vagis a munyir les vaques... Ja n'hi ha prou de tant rascar!
Los demás seguimos dale que te pego, sin dirigirnos la palabra, hasta que el Pere pudo reincorporar su bajo a la matraca, ceñudo y oliendo a boñiga de vaca.
Había transcurrido un buen rato, cuando el Ratafía por fin exclamó:
--¡Ara sí, nanos, ara sí!
Yo, que estaba arrumbado contra la pared del fondo, suspiré aliviado y relajé la vista mirando a través del ventanuco que daba a los sembrados. La bola roja del sol, un lunar de fuego, se ocultaba lentamente detrás del campo de cebada, que la familia del Pere, los amos de Can Falà, tenía listo para la siega. El Ratafía nos miró sonriente a mí y al Paco, y a la Brigitte y al Pere. Y yo comprendí que la felicidad se parecía en algo a aquel instante.
Y MAÑANA: El cuarto capítulo: Tirados en la cuneta.