Cuando se estrenó el primer largometraje de Tony Scott, El ansia (1983), un cuento moderno de vampiros interpretado por David Bowie y Catherine Deneuve, una pareja rematadamente cool en aquel momento, la opinión generalizada, más allá del intrínseco interés del filme, era que simplemente se trataba del debut del hermano pequeño de Ridley Scott.
Información publicada en la página 314 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 21 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Este ya había rodado sus dos películas más importantes hasta la fecha, Alien, el octavo pasajero (1979) y Blade runner (1982), así que era un valor al alza. A Tony, siete años más pequeño (nació en 1944 y Ridley en 1937), le quedaba mucho por delante. Sobre todo, sacarse de encima el sambenito de que era el hermano de Ridley probando suerte en el cine.
De manera inteligente, Tony Scott se apartó de los intereses y estilo de Ridley y forjó su carrera en los márgenes de un cine de acción trepidante y cortante, alejado del músculo, y con progresión virtuosa en la puesta en escena. Tony era ya un cineasta con nombre propio, no el hermano del director de Prometheus.
Sorprende aún más su inesperada muerte por suicidio porque nada hacía presagiar tormento o desesperación viendo sus películas, la mayoría de ellas productos de cierto escapismo cada vez mejor confeccionadas: la diferencia entre las toscas y efectistas Revenge (1990), Días de trueno (1990) -el primer encuentro entre Tom Cruise y Nicole Kidman- y El último boy scout (1991), por ejemplo, y las más elaboradas Enemigo público (1998), Domino (2005) y las tres que hizo con Denzel Washington, Déjà vu (2006), Asalto al tren Pelham 123 (2009) e Imparable (2010), su hiperactiva cinta póstuma.
NOTA DE SUICIDIO / Por el estilo de sus películas, el director británico no entraba en la categoría de los personajes marginales, autodestructivos o alcoholizados que se han prodigado en Hollywood, casi todos víctimas de un triste destino. Por ello sorprende la violenta forma en que ha fallecido el director de Amor a quemarropa (1993), aquel thriller visceral con guión de Quentin Tarantino y poderoso reparto (Christian Slater, Patricia Arquette, Dennis Hopper, Christopher Walken, Brad Pitt, Gary Oldman, Val Kilmer y Samuel L. Jackson). Hacia las 12.30 del mediodía del domingo (21.30 hora española), Tony Scott escaló la valla de seguridad de un puente de San Pedro, un distrito portuario de Los Ángeles, y se arrojó al vacío. La policía encontró en las inmediaciones del lugar el coche del director. Según distintas versiones, se halló una nota de suicidio en el interior del vehículo o bien en su despacho. La cadena ABC informó ayer de que, según fuentes cercanas al director, este padecería un cáncer cerebral inoperable, lo que se apunta como la razón de su suicidio.
La convulsión es evidente, por inesperada y por la forma. Hollywood amanecía ayer renqueante. Scott era uno de sus valores más seguros en cuanto a éxitos de taquilla desde que en 1986 le diera a Tom Cruise el papel más popular de su carrera, el de Top gun, ídolos del aire, filme del que planeaba una continuación.
Scott había creado una compañía junto a su hermano Ridley, Scott Free, y con ella se habían adentrado en los dominios televisivos con la serie The hunger. Ese es el título original de su primera película, El ansia. Una ansia extraña le ha devorado por dentro transformándolo de hacedor de éxitos cinematográficos a otro personaje trágico de Hollywood.
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