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En la muerte de una cantante única

Adiós Chavela, adiós volcán

EL DIRECTOR DE 'TACONES LEJANOS' disfrutaba cuando escuchaba cómo la cantante se le dirigía como «mi esposo». Cómplice del apocalipsis que vivió la Vargas en España, el cineasta escribe una sentida carta de despedida

Martes, 7 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
PEDRO
ALMÓDOVAR

Durante 20 años la busqué en sus escenarios habituales y desde que la encontré en el diminuto backstage de la madrileña Sala Caracol llevo otros 20 años despidiéndome de ella, hasta esta larguísima despedida, bajo el sol abrasivo del agosto madrileño.

La concejal de Cultura de México DF, Nina Serratos, a la derecha y amigos de Chavela, junto al féretro. REUTERS / STRINGER

La concejal de Cultura de México DF, Nina Serratos, a la derecha y amigos de Chavela, junto al féretro. REUTERS / STRINGER

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Información publicada en la página 304 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 07 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Chavela Vargas hizo del abandono y la desolación una catedral en la que cabíamos todos y de la que se salía reconciliado con los propios errores, y dispuesto a seguir cometiéndolos, a intentarlo de nuevo.

Carlos Monsiváis dijo «Chavela ha sabido expresar la desolación de las rancheras con la radical desnudez del blues». Según el mismo escritor, al prescindir del mariachi eliminó el carácter festivo de las rancheras, mostrando el dolor y la derrota de sus letras. En el caso de Piensa en mí, una especie de danzón de Agustín Lara, cambió hasta tal punto el compás original que de una canción pizpireta y bailable se convirtió en un fado o una nana dolorida.

Ningún ser vivo cantó con el debido desgarro al genial José Alfredo Jiménez. «Y si quieren saber de mi pasado, es preciso decir otra mentira. Les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado».

El énfasis de sus finales.

Chavela creó con el énfasis de los finales de sus canciones un nuevo género que debería llevar su nombre. Las canciones de José Alfredo nacen en los márgenes de la sociedad y hablan de derrotas y abandonos, Chavela añadía una amargura irónica que se sobreponía a la hipocresía del mundo que le había tocado vivir y al que le cantó siempre desafiante. Convertía el lamento en himno, te escupía el final a la cara.

En su segunda vida, cuando ya tenía más de 70 años, el tiempo y Chavela caminaron de la mano, en España encontró una complicidad que México le negó. Y en el seno de esta complicidad Chavela alcanzó una plenitud serena, sus canciones ganaron en dulzura, y desarrolló todo el amor que también anidaba en su repertorio. «Oye, quiero la estrella de eterno fulgor, quiero la copa más fina de cristal para brindar la noche de mi amor. Quiero la alegría de un barco volviendo, y mil campanas de gloria tañendo para brindar la noche de mi amor». A lo largo de los años noventa y parte de este siglo, Chavela vivió esta noche de amor, eterna y feliz con nuestro país, y como cada espectador, siento que esa noche de amor la vivió exclusivamente conmigo. Chavela se volvió más íntima. Las mejores versiones de La llorona las interpretó en sus últimos conciertos. Abordaba la canción con un murmullo, y en ese tono continuaba, recitando palabra por palabra, hasta llegar al épico final. Cantar lo que se dice cantar solo cantaba la última estrofa, de un modo ascendente hasta gritar su última y breve palabra. «Si como te quiero quieres llorona, quieres que te quiera más. Si ya te he dado la vida, llorona, qué más quieres. ¡Quieres MÁS!»

Ella había dejado el alcohol y yo el tabaco. Éramos como dos síndromes de abstinencia juntos, me comentaba lo bien que le vendría una copita de tequila, para calentar la voz, y yo le decía que me comería un paquete de cigarrillos, y acabábamos riéndonos, cogidos de la mano, besándonos. Nos hemos besado mucho, conozco muy bien su piel.

Los años de apoteosis española hicieron posible que debutara en el Olympia de París, una gesta que solo había conseguido la gran Lola Beltrán.Y consiguió, abrir las puertas del Teatro Bellas Artes de México DF, otro de sus sueños. Un periodista mejicano me agradeció mi generosidad con Chavela. Le respondí que no era generosidad, sino egoísmo, recibía mucho más que daba. También le dije que aunque no creía en la generosidad sí creía en la mezquindad, y me refería justamente al país de cuya cultura Chavela era la embajadora más ardiente. Es cierto que desde que empezara a cantar en los años 50 en pequeños antros Chavela Vargas fue una diosa, pero una diosa marginal. Nunca se le permitió cantar en televisión o en un teatro.

Después del Olympia su situación cambió radicalmente. La noche del Bellas Arte, fuimos a celebrarlo y a compartirlo al bar Tenampa de la plaza de Garibaldi. Bebimos y cantamos hasta el amanecer (ella solo bebió agua aunque al día siguiente los diarios titulaban Chavela vuelve al trago). Cantamos hasta el delirio, pero sobre todo cantó Chavela.

Himno a la alegría.

En su última visita a Madrid, en el indescriptible bar Tenampa, Chavela terminó la noche donde debía, bajo la efigie de su querido compañero de farras José Alfredo, y acompañada de un mariachi. El último trago fue un himno a la alegría de haberse bebido todo, de haber amado sin freno y de seguir viva para cantarlo. El abandono se convertía en fiesta.

Hace cuatro años fui a conocer el lugar de Tepoztlán donde vivía, frente a un cerro de nombre impronunciable, el cerro de Chalchitépetl. Chavela también convive con un volcán de nombre rotundo, Popocatépetl. Un volcán vivo, con un pasado de amante humano, rendido ante el cuerpo sin vida de su amada. Me dijo «estoy tranquila», y en sus labios la palabra tranquila cobra todo su significado, está serena, sin miedo, sin angustias, sin expectativas (o con todas, pero eso no se puede explicar), tranquila. También me dijo «una noche me detendré», y la palabra «detendré» cayó con peso y a la vez ligera, definitiva y a la vez casual. «Poco a poco», continuó, «sola, y lo disfrutaré». Eso dijo.

Adiós Chavela, adiós volcán.

Tu esposo, en este mundo, como te gustaba llamarme.

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