Al sentir el seísmo que supuso la llegada de la Action Painting en la posguerra americana, justo cuando Picasso ascendió a los cielos de Hollywood y los surrealistas históricos parecían confinados a las salas de algún museo, es fácil fantasear con historias del arte alternativas. Tal vez si Max Ernst hubiera sido más amable con Peggy Guggenheim, esta no hubiera abandonado a los surrealistas para apoyar a Jackson Pollock y a sus amigos. Quizá si la CIA no hubiera extendido la guerra fría al terreno de la cultura, París hubiera seguido siendo París…
Información publicada en la página 58 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 25 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Viendo la exposición ¡Explosió!, que acaba de inaugurarse en la Fundació Miró de Barcelona, con pocas obras de los artistas que se reunían en el Cedar Tavern (cuatro pollocks, ¡pero qué pollocks!) y muchas de escenarios y autores diferentes, desde Niki de Saint Phalle a Ana Mendieta, pasando por Yves Klein y un abstraído Warhol, queda claro que la cosa estaba en el aire.
¿Qué cosa? Pues un hartazgo con la representación y la composición, un deseo de llevar al extremo la intervención del azar que tantas agradables sorpresas nos regala a los que practicamos este oficio, la tentación de acabar con la presencia del autor, o de elevarlo a la categoría de chamán… Todos los ingredientes de los movimientos del medio siglo que siguió. Pero conviene que no olvidemos la influencia de Duchamp en el arte conceptual, o la maestría con que Picasso, desde el purgatorio de sus últimos años de vida, recogió el guante expresionista para darnos las pinturas de su última exposición en Aviñón.
Las buenas exposiciones cierran tantos interrogantes como los abren.