Nieto del que fue president de la Generalitat, Anton Tarradellas (Lausana, Suiza, 1978) protagoniza junto con Ivan Fox La balada dels històrics anònims en la Sala Beckett. Una obra que han escrito a cuatro manos y fabricado en Bélgica, donde viven. Relata el exilio del corazón embalsamado de Francesc Macià. Un pedazo de la memoria histórica que ellos sirven desde la distancia «con una mirada de hoy».
Información publicada en la página 69 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 08 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-La anécdota del corazón es cierta.
-Sí, sí. Cuando yo era pequeño mi padre solía contar a sus amigos que un día estaba con mi abuelo y este recibió una llamada urgente de un director de un banco de Tours (Francia). Le decía que fuera rápido que la caja de plomo que tenía depositada olía mal, a podrido y chorreaba. Mi padre le preguntó qué había. «El corazón de Francesc Macià», le respondió mi abuelo. Lo explicaba como en plan broma, no se sabía bien si era verdad o mentira. Pero es cierto, sí.
-¿Una buena excusa dramatúrgica para hablar del exilio?
-Sirve de metáfora: el corazón era el espíritu de la República. Foix me propuso hacer una obra sobre nuestras historias personales. Investigamos qué pasó con el órgano y desenterramos anécdotas olvidadas de nuestras familias, que tienen una gran dimensión dramatúrgica sin necesidad de inventar. Iván desciende de anarquistas republicanos que lucharon contra el fascismo.
-Estudió Historia y Política, pero al final se decantó por la interpretación. ¿Por qué?
-La historia me interesa mucho pero es un mundo de estudio, de biblioteca. Yo necesitaba vivir, hacer algo con mi cuerpo, expresarme.
-Nació en Suiza, vive en Bélgica, tiene orígenes catalanes y franceses. ¿De dónde se siente?
-Es muy simple: nací en Suiza de madre francesa y padre catalán nacido en la Francia de los exiliados. Vivo en Bruselas desde hace 10 años y mis hijos son belgas.
-¿Entonces?
-Los suizos piensan que soy español; los franceses que soy belga, aquí soy un catalán del exilio. Hace años pensé en cuál era mi nacionalidad y un día me dije: «¡Uffff, lo dejo! Voy a pensar en otras cosas». Está claro que hay cosas del corazón, de la historia, de la memoria, que me siento catalán. De cultura soy más francés y de vida cotidiana y de manera de hacer teatro, más belga. Y, por desgracia, no tengo el dinero en Suiza, ja ja ja.
-¿Para usted qué representa Josep Tarradellas, qué imagen tiene de él?
-Una imagen de normalidad. Era el yayo de Catalunya, de Barcelona. Veníamos a pasar las vacaciones de verano y Navidad, a ver al yayo. Eran los años 80 y yo era un crío.
-¿Qué recuerda?
-Mis primeros recuerdos de Catalunya eran ajenos a la vida política, no hablábamos de ello, aunque él tenía muchas actividades, estaba con los periodistas, era un personaje. Tenía chófer... Era ya mayor, octogenario, pero siempre estaba disponible para nosotros. Para mí era un juego, algo excitante. Era una aventura pasar esos días en un lugar extranjero, muy distinto a donde vivía, y también muy familiar.
-En el entorno en el que creció y vive, su apellido no debe pesarle, ¿no? -Solo cuando hablo con españoles o catalanes me preguntan por el apellido. La obra también habla de eso porque con el exilio algo se rompe. Yo soy nieto de los que se fueron y tengo una distancia con la figura política que puede proyectar la gente de aquí con el nombre de Tarradellas, y eso está bien.
-¿Le permite una mirada distinta sobre la historia que ofrecen en la obra?
-Sí, la mirada de unos jóvenes de hoy. Con nuestra sensibilidad, ironía, con bromas y comedia.