Información publicada en la página 120 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 10 de diciembre de 2010 VER ARCHIVO (.PDF)
Con su diseño retrofuturista y su maridaje de lo dickensiano con lo distópico, Franklyn evoca remotamente las novelas gráficas de Alan Moore y Neil Gaiman, que probablemente sentirían simpatía por cómo el director debutante Gerald McMorrow convierte la fantasía en una oscura forma de autodefensa, en una colección de ensoñaciones de amor y muerte motivadas por genuinos daños psicológicos. Es una pena que, a la hora de llevar a cabo esa mezcla de psicodrama y romance, de realidad cotidiana, mitos propios del cómic e ilusiones descontroladas, no haya tenido en cuenta la coherencia y la comprensibilidad. Franklyn balbucea sobre el dogmatismo religioso, los traumas de la guerra, el amor y la predeterminación, pero en última instancia se desentiende de todos esos temas. Con el fin de proporcionarnos un desenlace vistoso y emocionalmente cargado, que colisiona los destinos individuales de una serie de personajes, entrecruza una serie de líneas argumentales que, durante buena parte del filme, se perciben más como vías muertas que como parte de un verdadero desarrollo narrativo.
En última instancia, McMorrow demuestra estar tan solo interesado en deslumbrarnos con su visión de un mundo futuro que el público más entregado verá como una versión de Gotham City en la que Batman nunca existió y el resto desdeñará como un mero préstamo tomado de Blade Runner y de tantas otras películas previas, mejores que ésta. En cualquieer caso, es cierto que Franklyn resulta visualmente admirable, como un lustroso objeto decorativo, o como uno de esos libros de arte que nunca retiramos de la mesita del salón para que los invitados vean qué buen gusto tenemos.