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DESDE 1979

La capa de hielo invernal en el Ártico alcanza el mínimo desde que hay registros

Las elevadas temperaturas ambientales, el calor del agua y los vientos han contribuido al récord negativo

 Evolución gráfica del hielo del Ártico en el máximo invernal

NASA

 Evolución gráfica del hielo del Ártico en el máximo invernal

A. MADRIDEJOS / BARCELONA

Martes, 29 de marzo del 2016 - 11:32 CEST

La capa de hielo flotante sobre el océano Ártico, la llamada banquisa boreal, ha registrado este invierno el máximo invernal de menor extensión desde que en 1979 empezaron las mediciones por satélite, según los datos hechos públicos por el Centro Nacional de la Nieve y el Hielo de Estados Unidos (NSIDC) y el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA (GSFC). El año pasado fue también récord.

Cada año, gran parte de la banquisa del Ártico y sus mares vecinos se derrite durante la primavera y el verano, coincidiendo con la llegada del calor, y luego vuelve a crecer en los meses de otoño e invierno, alcanzando su punto máximo anual en marzo.

Sin embargo, el fenómeno natural de fusión-recuperación se ha visto muy afectado en las últimas décadas debido al aumento de la temperatura del aire y del agua oceánica, a la estela del cambio climático global. Es decir, no solo se pierde más hielo en verano, una situación de sobras conocida, sino que ello dificulta la recuperación posterior de la banquisa invernal. Y no es una situación aislada: los 13 máximos de menor extensión han ocurrido en los últimos 13 años.

LEJOS DEL PROMEDIO HABITUAL

El 24 de marzo, la extensión de la banquisa ártica alcanzó su máximo invernal con 14,52 millones de kilómetros cuadrados, ligeramente menos que en el récord del 2015 (14,54 millones) y ya bastante lejos del promedio en el periodo 1981-2010 (15,64 millones). El año pasado también se batió el récord de extensión mínima en verano.

De acuerdo con el NSIDC, la extensión del hielo es inferior a la media en todo el Ártico excepto en el mar del Labrador, bahía de Baffin y bahía de Hudson. Además, el hielo no solo ocupa menos territorio, sino que es más fino y se derrite con mayor facilidad en cuanto las temperaturas tienden a recuperarse.

El calor ambiental ha contribuido sin duda a estos registros, con temperaturas en los meses de invierno (enero-febrero) que en ocasiones han sido hasta seis grados superiores al promedio de las últimas décadas. Eso ha sido muy evidente en las áreas más periféricas, justo aquellas en que el hielo es más fino y, lógicamente, es más fácil que se funda, ha explicado en un comunicado Walt Meier, científico del GSFC. "Nunca he visto un invierno tan cálido en el Ártico", ha añadido el director del NSIDC, Mark Serreze.

Al proceso también han contribuido una anomalías en las altas presiones típicas del invierno que modificaron durante enero y febrero los patrones de viento en el Ártico. Ello supuso la llegada de aire cálido desde el sur y un freno a la expansión de la cobertura de hielo.

Sin embargo, en última instancia, lo que probablemente va a desempeñar un papel más importante en la evolución futura es el calentamiento de las aguas oceánicas, considera Meier. "Probablemente vamos a seguir viendo máximos invernales más pequeños en el futuro porque, además de un ambiente más cálido, el mar también se ha calentado", añade.

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