Nunca olviodará esa marca. De la que consiguio cuatro años después en los Juegos de Atlanta ni se acuerda, porque fue segundo. "La gente solo se acuerda del campeón", suele repetir Fermín Cacho, cómodamente afincado ahora en Andújar (Jaén), la localidad de su mujer, Susana, con la que comparte una casa rodeada de olivares y caballos junto a sus tres hijas: Macarena (12 años), Patricia (10) y Paola (8).
3.40.12 minutos. No es una buena marca, sobre todo para un atleta que aún conserva el ré'cord de Europa de los 1.500 metros en los 3.28.95 que cinco años después de los Juegos de Barcelona hizo en Zúrich. Pero es su marca, la que le valió' la medalla más querida de las muchas que tiene el soriano: el oro olímpico que cerró en Montjuïc los mejores Juegos hasta entonces y los más triunfales para un deporte español que, por fin, despertó al calor de su condición de anfitrión.
Fue, tambie'n, la medalla soñada. Literalmente. Los días anteriores a la final, Fermín se la había imaginado de todas formas. "La había soñado de muchas maneras, pero, por casualidad, siempre ganaba yo". Ni en sueños se había planteado perder la segunda final de 1.500 sin atletas británicos desde 1904 y que, sobre el rojo tartán del Estadi Olímpic, se planteó más lenta de todo lo imaginado. Lo soñado. El paso por los 800 metros (2.06.83) fue peor que el de la final femenina. Ningún problema. Cacho, tan tranquilo que le habían tenido que despertar de la siesta previa a la carrera, se adaptaba a todo. "Era como un estudiante que lleva el examen bien preparado. Estaba seguro de lo que había trabajado y no tenía por qué ponerme nervioso".
A falta de 250 metros, Cacho vio el hueco que dejaron por la cuerda de la pista el alemán Herold y el keniano Chesire y no dudó en meterse por él, en una maniobra que luego tuvo que explicar con detalle al rey Juan Carlos, cabeza de una familia real talismán, cazadora de medallas, durante los Juegos de Barcelona. "No tuve miedo. Pasé por dentro y pensé: 'Hasta donde llegue, llego'. Volví' a cambiar de ritmo a falta de 100 metros y ya me vi ganador. 'Algo muy malo tiene que ocurrir para que no quede campeón olímpico', pense'".
A los 23 años, primera medalla de oro del atletismo español, en una de las dos pruebas más emblemáticas de ese deporte (junto con la velocidad pura, los 100 metros), y en casa. ¿Qué más se podía pedir? "Lo que más me emocionó fue el abrazo con mis padres y, luego, cuando los Reyes me felicitaron", recuerda Cacho, que paseó una bandera descolorida que tenía su misma edad: su madre la había comprado el año en que él nació (1969) para colgarla en el balcón durante las fiestas del pueblo.
Veinte años después, en el trajín de cuidar sus fincas y de llevar y traer a las niñas del colegio, Cacho no duda de que aquellos Juegos significaron algo muy especial. "Es que como en casa no estás en ningún sitio. Fueron mis primeros Juegos, pero también los primeros del país. España venía de un fracaso descomunal, deportivo y de organización, con el Mundial de fútbol del 82. Barcelona fue un punto de inflexión que todavía hoy se nota. Fue saber que somos capaces de organizar grandes eventos deportivos y que los deportistas españoles son capaces de hacerlo bien".