Soy una señora de 67 años, madre de 3 hijos y en breve, abuela de 4 nietos. En estos momentos estoy en el Hospital de la Esperança, convaleciente de una grave enfermedad. Se hace difícil ver cómo estos problemas económicos que estamos sufriendo todos sacuden sin piedad a los profesionales de la Sanidad de este país, un servicio de sanidad público del que, hasta hace bien poco, podíamos presumir como uno de los mejores del mundo.
La vida en el hospital es muy, muy dura. Podría serlo mucho más si no fuera por la profesionalidad y calidad humana tanto de facultativos como de enfermeras, camilleros y demás personal hospitalario, que nos ayudan mucho en nuestro día a día. Esta cualidad humana es algo que debería estar por encima de la economía. De hecho, está por encima de la economía, como sin duda sabrá cualquier persona que haya tenido necesidad de asistencia médica antes o después de la crisis.
Hace años, cuando trabajaba, tuve la suerte de formar parte de un equipo con un buen ambiente de trabajo. De todos es sabido que las condiciones de trabajo (retribución, calidad de vida, dignidad, respeto) repercute en la calidad del servicio que se ofrece. Creo que es necesario trabajar para recuperar ese buen ambiente entre el tejido de buenos profesionales que, tarde o temprano, tendrán que tener cuidado de nuestra salud: hoy la mía, y mañana, la suya. Y lo mismo que pienso de los trabajadores sanitarios, lo hago extensivo a los profesionales del ámbito educativo y a tantos otros colectivos que están ahora mismo en dificultades. No habrá buenos médicos si primero no hay buenas escuelas.
Los políticos deberían trabajar más y mejor para resolver los problemas que nos afectan. No estaría de más empezar por medidas solidarias y ejemplarizantes, como una reducción significativa del sueldo de todos los cargos públicos, aprobada por unanimidad en cada una de las instituciones que nos gobiernan.
Y no quisiera terminar sin repartir agradecimientos a los grandes profesionales que han participado y aún participan en la recuperación de mi salud: médicos del CAP de Sardenya y de Sanits; al personal del servicio del 112, a los "forzudos", camilleros o auxiliares que se dedican a ayudar a los enfermos de movilidad más reducida sin desfallecer; al servicio de urgencias y al equipo de enfermería del hospital de Sant Pau y el del hospital de la Esperança. A todos ellos, gracias por vuestras atenciones de mi parte y de toda mi familia.
Angela Mussach Garcia / Barcelona
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