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Joan Barril

Tema de Lara

Miércoles, 10 de octubre del 2012

José Manuel Lara, durante una rueda de prensa.

Por lo visto, se han comentado poco las declaraciones de mi patrón José Manuel Lara, de Planeta. No hablo de él como miembro del colectivo patronal, que lo es y con éxito, sino como patrón propio, porque controla una de las editoriales en las que suelo publicar buena parte de mis libros en catalán y espero seguir haciéndolo.

Recuerdo a Lara en uno de los premios Nadal a los que acudí como periodista. Acababa de promulgarse una de las leyes más restrictivas contra el tabaco y se suponía que en el Palace no se podía fumar. Junto a Lara estaba el president Montilla, y a los postres el anfitrión sacó uno de sus puros y lo encendió sin ningún tipo de reparo. Por un momento le admiré. Sin duda, una de las cosas en común que tenemos mi aún patrón y yo es el placer por los habanos. Pero poco a poco pensé que ese acto de aparente rebeldía era en realidad un acto de poder. Alguien estaba pensando que las leyes son para los desposeídos, no para los poderosos. En aquellas volutas azules de la niebla habana se podía leer la firma de un ser asocial que vivía de la sociedad de lectores a la que él alimentaba en aquel acto. Aun teniendo un espléndido Cohiba en la purera, decidí no encenderlo. Porque entre la ley torpe de los diputados y la violación de la ley por los que lo tienen todo, hace años que sé perfectamente de qué lado estoy.

La amenaza del exilio

No es muy distinta la actitud del patrón del grupo Planeta ante la posibilidad de que algún día un referendo pudiera llevar a Catalunya a la independencia. Dijo --o le hicieron decir-- Lara que de darse el caso trasladaría su editorial a Madrid, Zaragoza o Cuenca. Se trataba de buscar a un empresario para meter miedo a la gente y que, atenazada por la presunción de pobreza ante una fuga de capitales, desista de la quimera. A mí la independencia de Catalunya ni me repugna ni me apasiona. Creo simplemente que se trata de ponerle las peras al cuarto a un Estado ineficaz y catalanófobo. Pero me indigna especialmente que el poder económico que nos ha llevado a una de las crisis menos explicadas del mundo tenga ahora las narices de amenazar con su exilio. Así lo hizo en más de una ocasión Karl Hahn, el sicario laboral de Volkswagen. O Akio Morita, que se fue de Catalunya por el ancho de vía hacia Europa, o el Panrico de Albert Costafreda o la Derbi de los Rabassa, vendida a Piaggio y cuya factoría va agonizando.

Y en eso llegó Lara para decir que sus libros y sus productos audiovisuales en realidad tienen patria y no es precisamente Catalunya, donde nacieron y se desarrollaron. Las empresas que abren oficinas en el extranjero son siempre bienvenidas. Pero mantenerse en una eventual Catalunya independiente es de mal tono. Lara todavía es de los que piensan que quien paga, manda. Y que Catalunya y sus profesionales de la ficción y de la edición no son más que hojas enrrolladas para poder fumárselas lentamente frente a la pira donde arden las obras literarias de un mundo díscolo que prefiere las ideas del creador a las sumisiones ideológicas del editor. ¡Menudo capitalismo es este que se rige más por lo que le dicta un ministro que por lo que le aconseja la sensibilidad de los mercados!

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