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Joan Barril

Las melodías de la humanidad

Joan Barril

Periodista

La música cotidiana

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Lunes, 31 de diciembre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

En marzo de 1974 el vuelo TY981 de Turkish Airlines se estrelló en Ermenonville. Murieron las 346 personas que iban a bordo del avión. El accidente se produjo por un defecto del anclaje de las puertas de la bodega. Lo más curioso del caso fue que, en los agónicos 70 segundos que precedieron a la definitiva colisión, el capitán, Mejat Berköz, sabiendo que iban directos a la muerte, se puso a canturrear una melodía publicitaria muy popular en la televisión turca. Aquella música fue el último sonido humano que se originó en la cabina de mando.

MONRA

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Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 31 de diciembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

La música ha sido siempre la banda sonora de los actos de la humanidad. No importa de qué tipo, porque en todas las civilizaciones y los tiempos el ser humano ha buscado la armonía de los sonidos y la lógica de las emociones auditivas. Ya sea bajo la ducha o en los rituales más solemnes, siempre se ha escuchado el enigma de la composición musical. Incluso en el primer arte rupestre se ven petroglifos que representan siluetas humanas provistas de huesos largos con agujeros a modo de flauta. Probablemente de todos los restos en los grandes almacenes de la arqueología los instrumentos musicales son, tras las armas, los más abundantes.

De todas las manifestaciones humanas la música consigue una emoción que la ciencia no da. Se dirá que la ciencia es útil y que nos exalta como corresponde a todos los descubrimientos. Pero no por ello la creación musical es una actividad inútil, porque nos lleva a la supervivencia del espíritu. Sabemos que los enamorados siempre se estremecen cuando suena su canción. Sabemos el momento exacto en el que una melodía nos licuará en lágrimas. Eso es lo que hace que la música sea mucho más potente que la razón. La música nos arrastra, nos lleva hasta el pasado y nos conforta en el presente. A veces nos proporciona el miedo de todos los apocalipsis y en otras ocasiones nos lleva al júbilo de las multitudes, ahí dónde las palabras se crecen en himnos y las armonías se convierten en herramientas de combate.

ALGO PASA en nuestra cultura para que hayan aparecido tantos libros buenos concebidos por la necesidad de extraer de las notas el entusiasmo que los modernos sonsonetes son incapaces de dar. A los apasionantes volúmenes de Eugenio Trías se añade la obra magnífica de Ramón Andrés, que domina el aforismo y el enciclopedismo y que acaba de ofrecernos de la mano de Acantilado su Diccionario de música, mitología, magia y religión. Podemos intuir que la historia de la humanidad necesita esos sonidos para llegar a ser algo. Bodas y funerales, vidas épicas y sociales han llegado hasta el siglo XXI para hacernos creer que somos más guapos e inteligentes de lo que en realidad somos. La música es la letra pequeña de los grandes desastres y de las pequeñas vanidades.

Pero algo sucede en este país nuestro que nos silencia. A pesar de un Auditori, de un Liceu o de un Palau de la Música, la cantidad de melómanos es limitada. Incluso las pequeñas salas de jazz se resienten de una ciudad cuya música se limita a un silbido o a grandes aglomeraciones eléctricas. La música ha huido de las salas de conciertos y se ha refugiado en los grandes estadios. Curiosamente es en invierno cuando la sequía de la música de siempre más se echa en falta. Intuíamos que la cultura germinaba en los países del frío, pero tal vez en Catalunya estamos asistiendo a un cambio climático que nos ha dejado sin la resurrección de los clásicos. Ni siquiera en los grandes fastos patrióticos los asistentes se dedican al canto coral de lo que les es propio. Nada que ver con los argentinos, siempre con la canción por delante. O los vascos, artífices de la segunda voz. O los alemanes, ese pueblo que en plena cogorza futbolera es capaz de entonar con voz alta y armoniosa las músicas de sus antepasados. Probablemente este es el único país del mundo en el que la creación musical se ha visto hundida por un mal entendido sentido del ridículo.

DE TODOS es conocida la advertencia del Far West al público del saloon de no disparar contra el pianista. Los pianos, al menos en Europa, han sido ese instrumento de agua negra, que merecía una especial latría. Son las teclas las que advierten al pianista de la manera como quieren ser acariciadas. No hay petroglifos por las paredes neolíticas en las que salga una silueta tocando algo parecido a un piano. Pero los pianistas van muy buscados, ya sea para la realidad como para la ficción. Hace años el admirado Mario Muchnik publicó el delicioso libro de Dieter Hildebrandt Pianoforte. En él se condensan anécdotas, verdades y leyendas del tiempo en el que los pianos eran los Fórmula 1 de la música. Ahí encontramos el mal humor de Beethoven, las competiciones de los pianistas de la época, el duelo de los hombres a partir ya no de la espada sino de los arpegios. ¡Bendita música, que tanto sirve para sacar la verdad de nosotros mismos como para rezar cuando los aviones son tragados por la tierra! Periodista.

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