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Joan Barril

BUCÓLICOS ANÓNIMOS

Joan Barril

Periodista

La camioneta de Mercurio

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Jueves, 11 de octubre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

Raphael, ese cantante eterno amigo de José Bono, tal vez podrá poner en sus antologías discográficas una canción que ya los jóvenes no pueden comprender. Es aquella que dice: «A veces llegan cartas, con sabor amargo, con sabor a lágrimas». ¿Una carta? ¿Acaso se refiere a un naipe, a un papel impreso, a un mapa antiguo para la navegación? Las cartas a las que se refería Raphael eran verdaderas comunicaciones entre los hombres y las mujeres de los siglos pasados. Ahora mismo una carta escrita por el presidente Lluís Companys, solicitando a su cuñada algunos artículos de higiene personal para su cautiverio en Montjuïc, ha demostrado la vigencia del género epistolar. La carta de Companys nunca llegó a tiempo, porque la justicia militar de los vencedores decidió ejecutarle a toda prisa. ¿Cuál es la vigencia de las cartas en la actualidad? En los buzones domésticos se amontonan facturas y extractos bancarios, pero cartas de verdad ya casi no se reciben.

Un buzón de Correos.

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Información publicada en la página 40 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 11 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Mientras canturreaba la canción del cantante de Linares apareció, como un milagro, una carta correctamente franqueada y con la dirección autografiada por una caligrafía fina y elegante. Se trataba de unas amables y excesivas líneas del escritor Albert Manent. Pensé que lo de las cartas ya solo corresponde a románticos letraheridos y, movido por la curiosidad, me dispuse a montar guardia junto a un buzón de una plaza tranquila y soleada. Pronto me di cuenta de que los buzones son un mobiliario urbano a todas luces excesivo. El color amarillo del enorme cilindro da una nota de color ciudadano. Ahora que ya no quedan cabinas telefónicas, el buzón es una manifestación de una ciudad organizada. Llegó un hombre mayor con dos cartas que se apresuró a introducir en la rendija. Pasaron 20 minutos hasta que una señora que llegaba de la compra sacó de entre las verduras un sobre mayor que los otros. Tuvo que hacer esfuerzos para introducir la misiva por la ranura. Los colegios abrieron sus puertas y al buzón llegaron primero un adolescente y luego una chica. Antes de tirar la carta el muchacho miró a ambos lados. Por el contrario la jovencísima corresponsal se dejó llevar por la pasión y estampó un ligero beso sobre el papel antes de que fuera a caer en el interior del cilindro. Los besos ya no se van sembrando por las calles y, cuando se introducen en una jaula de papel, se diría que amargan. Pasó una hora larga sin que nadie visitara al solitario buzón. Dos o tres perros levantaron la pata brevemente hasta dejar un rastro líquido que es la manera canina de firmar. Un par de jóvenes indignados pegaron sobre la corona que remata la ce de Correos un pasquín diciendo que los bancos son culpables. Un buzón es la destilación de la sociedad. Lo público va por fuera y lo íntimo se espera en la oscuridad de la saca.

Un cartelito indicaba que la hora de recogida es las cinco. Una enorme camioneta se detuvo frente al buzón. Esperaba ver a Mercurio, el dios de las fronteras y de los mensajes, el intérprete de los dioses y el patrón de los ladrones. Bajó de la camioneta una joven cartera que abrió la portezuela y se llevó la saca liviana mientras la sustituía por otra que debería llenarse a lo largo del día. Le pregunté que para qué llevar una camioneta tan grande cuando el contenido de los buzones es cada vez menor. Ella me respondió con pragmatismo. «Las camionetas ya las teníamos y hay que usarlas. Lo de las cartas ya depende de ustedes». Hoy he ido al mismo buzón de ayer y he escrito unas notas para una persona desconocida y unas señas imprecisas. De esa manera Mercurio tendrá algo que hacer y mucho que reflexionar en este oficio de transportar buenas noticias para nadie.

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