Los franceses tienen una expresión muy propia de su acusado sentido de las formas: «Finir en beauté», que viene a ser algo así como acabar bien, irse dejando buen sabor de boca. En Francia, «finir en beauté» es importante. Y para Nicolas Sarkozy era una cuestión de amor propio. La última oportunidad para redimirse de los pecados -principalmente arrogancia y ostentación- que le costaron la desafección de los ciudadanos. Una suerte de repesca a nivel de imagen.
Sarkozy, en uno de los últimos actos como presidente. Abajo, EL PERIÓDICO del pasado 7 de mayo. REUTERS / CHARLES PLATIAU
Sarkozy, en uno de los últimos actos como presidente. Abajo, EL PERIÓDICO del pasado 7 de mayo. REUTERS / CHARLES PLATIAU
Información publicada en la página 324 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 24 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Hay que admitir que la suya ha sido una despedida de gentleman, fair play incluido. No quería repetir el penoso papel de Valérie Giscard d'Estaing -el primer presidente que no fue reelegido- en 1981. Se fue dando un portazo, con un seco y rencoroso «au revoir» (adiós) antes de dar la espalda a las cámaras de televisión.
A Sarkozy se le pueden reprochar muchas cosas -desde favorecer a los ricos a convertir a los extranjeros en chivo expiatorio- pero, eso sí, ha dejado la presidencia con dignidad. Después de protagonizar una campaña extremadamente agresiva, la noche del 6 de mayo llamó a François Hollande en cuanto se confirmó su victoria. Le felicitó y le dio un precioso consejo: «Para Carla no ha sido fácil, Valerie (Trierweiler) se tendrá que preparar».
En plena euforia electoral, Hollande subestimó el mensaje. ¡Quien le iba a decir que un mes después su compañera armaría la de Dios es Cristo con un tuit contra su ex, Ségolène Royal ! Ni en tiempos de Sarkozy se había visto tal psicodrama en el corazón del poder.
El 9 de mayo, el jefe del Estado en funciones tuvo el detalle de invitar a Hollande a copresidir la ceremonia oficial que conmemora el fin de la segunda guerra mundial. Una bella imagen de reconciliación. El 15 de mayo, cuando tocaba abandonar el Elíseo, Sarkozy fue un dechado de elegancia. Mostró las dependencias al socialista y se entrevistó con él -trascendente momento de entrega de los códigos de la bomba nuclear- durante una hora. A diferencia de sus antecesores, el último adiós no lo dio solo, sino que descendió los escalones del palacio acompañado de su esposa Carla Bruni, tan discreta -apenas maquillada, con un sencillo traje chaqueta negro- que Trierweiler parecía una estrella de Hollywood.
Si durante sus cinco años en el Elíseo el comportamiento de Sarkozy hubiera sido tan ejemplar quizá no habría pasado a la historia como el segundo presidente que no es reelegido. Pero al menos se recordará que supo finir en beauté.