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DESAFÍOS DEL PAÍS EUROASIÁTICO

Turquía, entre Occidente y el islam

El primer ministro Erdogan busca diluir la herencia laica del fundador de la nación

La gestión de los islamistas ofrece luces y sombras en economía y libertades

MARC MARGINEDAS

Domingo, 9 de junio del 2013

Los seguidores de los equipos de fútbol del Fenerbahce y el Besiktas se unen a las protestas, ayer.

Fue una ocasión propicia para que la Turquía laica, fiel a los principios de Mustafá Kemal Atatürk, el fundador de la república secular y moderna, y la Turquía islámica, siempre nostálgica del esplendor del imperio Otomano, chocaran por enésima vez en ese pulso sin indulgencia que libran desde hace casi un siglo. En junio pasado, con ocasión del décimo aniversario de las Olimpiadas Turcas, un festival cultural en el que niños de todo el mundo muestran sus destrezas en el idioma, la literatura y el folclore de este país, el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan emitió por vez primera un millón de monedas sin la efigie de Atatürk, desatando un vendaval de críticas entre la prensa secular, que acusó al primer ministro de poner coto, a la chita callando, a la presencia pública del reverenciado 'padre de la patria' quien, tras la humillante derrota en la primera guerra mundial, expulsó a las tropas extranjeras del país, abolió el sultanato y dotó al país de una Constitución laica, hace ya 90 años.

«A Erdogan no le gusta Atatürk; quiere que le olvidemos», advierte, con una mueca de desaprobación, Anil Eser, mientras apura una voluminosa jarra de cerveza frente a un bar de la calle Meselik, en plena acera, a la vista de cualquier transeúnte, algo impensable en muchos países de mayoría musulmana.

A medida que el jefe del Gobierno islamoconservador, en el poder desde hace ya un decenio, ha eliminado contrapesos a su poder, su rebelión contra la omnipresente imagen del fundador de la república turca en edificios oficiales y actos públicos, pero, sobre todo, contra los principios del laicismo que él representaba, se ha hecho más visible. En noviembre, fue el primer mandatario turco en no acudir a la conmemoración de la muerte de Atatürk, limitándose a enviar un tuit desde Brunei, para recordarle, «una vez más», con «gratitud». Su fuerza política, el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) acaba de proponer que los ministros no juren ya lealtad a los principios del 'padre de la patria'. Y, desde luego, aquellas imágenes de hace un decenio de universitarias musulmanas acudiendo a clase en el campus con la cabeza cubierta con pelucas porque les estaba prohibido usar el velo islámico forma parte del pasado.

UN DECENIO / «Es cierto que durante muchos años, cuando los partidos laicos ocupaban el poder, los sectores más religiosos no recibieron sus justas demandas», admite a EL PERIÓDICO Nigar Göksel, redactora-jefe de la revista de análisis político 'Turkish Policy Quarterly'. El problema es que ahora «10 años después de la llegada de Erdogan, aún siguen diciendo que son víctimas, pese a las correcciones que ha habido».

Turquía acaba de cumplir su primer decenio erdoganista con un balance de luces y sombras, tanto en lo que respecta a su economía como en el área de libertades. Solo en el 2011, el Producto Interior Bruto (PIB) del país creció un 8,5%, con una envidiable tasa de paro del 11%. Observadores locales constatan el fenómeno del regreso de Alemania de emigrantes turcos, porque en estos momentos hay más oportunidades de trabajo en su país que en la UE en crisis.

La sempiterna cuestión kurda, tema tabú década atrás, causante de una guerra de 34 años en la que murieron 40.000 personas, entre ellas 18.000 civiles, destruyéndose 2.400 pueblos, según fuentes independientes, se halla en vías de resolución después de que en marzo el líder del Partido de los Trabajadores Kurdo (PKK), Abdulá Ocalan, anunciara el fin de la lucha armada. Incluso en la legislacion «sobre refugiados», recuerda Murat Çeçik, director de Amnistía Internacional en Estambul, hay «notables avances».

Pero en el haber erdoganista pesan temas tan fundamentales en cualquier estado de derecho como la libertad de expresión, «bajo amenaza», según reconoce Çeçik. «Si eres incluido en la lista negra del Gobierno, carecerás de acceso» a multitud de fuentes y actos, denuncia Göksen. Más aún, periodistas de renombre han perdido sus puestos de trabajo como consecuencia, se supone casi a ciencia cierta, de presiones políticas tras haber publicado informaciones críticas con el Ejecutivo islamoconservador.

Una de las afectadas por la escasa tolerancia mostrada por el primer ministro a las críticas periodísticas es la reportera y escritora Ece Temelkuran, con más de medio millón de seguidores en twitter, quien hasta enero del 2012 formaba parte de la plantilla del diario 'Haberturk'. «Mi despido se debió a que informé de una masacre por error de contrabandistas cometida por el Ejército en la frontera con Irak», explica Temelkuran telefónicamente. Sin ocultar su satisfacción por la explosión de concienciación política que constituye la ola de protestas de la última semana, Temelkuran celebra que se haya roto «la espiral de miedo» que se estaba imponiendo en la sociedad y se congratula de que, en su país, «la democracia tenga esperanza».

De cómo resuelvan las autoridades de Ankara el desafío planteado por los indignados determinará si este país de 74 millones de habitantes se convierte en ese modelo ejemplar de implantación de una democracia en un país musulmán, tal y como desean muchos en Europa o EEUU, o en un modelo de cómo el islamismo accede al poder mediante elecciones y se queda en él, como previenen los críticos.

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