En unas semanas se cumplirán 40 años del asalto a las oficinas del Partido Demócrata en el emblemático edificio Watergate de Washington, un ya lejano 17 de junio de 1972. A medida que pasan los años, el mayor escándalo de la política de EEUU de todos los tiempos, el trauma que supuso para la sociedad norteamericana la única dimisión de un inquilino de la Casa Blanca, se va alejando de la conciencia colectiva para ser un capítulo de los libros de historia. Pocos son los protagonistas que siguen en activo. Ninguno en la política. Muchos han fallecido ya. El último, Charles Colson, principal consejero del presidente Richard Nixon, que murió hace tan solo una semana. Nixon falleció en 1995.
Charles Colson fue condenado a siete meses de prisión por obstrucción de la justicia. A partir de 1973 dedicó el resto de su vida a la iglesia evangélica y fundó una institución sin ánimo de lucro para redemir presos a través de la religión. Bob Daugherty | AP
Con Colson ha desaparecido el último de los jefes de aquella trama. Una compleja red de políticos sin escrúpulos, abogados, exagentes del FBI y la CIA y mercenarios que planeaban y llevaban a cabo sobornos, coacciones y sabotajes con el fin de allanar la reelección de Nixon en 1972. La trama se distribuía entre la Casa Blanca y el Comité para la Reelección del Presidente (CRP). Eran conocidos como los fontaneros .
El allanamiento del cuartel general demócrata fue torpe. Un vigilante nocturno lo descubrió y avisó a la policía, que detuvo a los cinco asaltantes. La prensa apenas prestó atención al suceso, considerado como un simple intento de robo. Tan solo The Washington Post lo publicó en portada y se lo tomó en serio, en buena parte porque dos jóvenes reporteros, Bob Woodward y Carl Bernstein, se entregaron a la investigación.
Woodward y Bernstein parecen haber sido los únicos a quienes extrañara que unos simples cacos llevaran los bolsillos repletos de billetes de 100 dólares y cargados con guantes quirúrgicos, estilográficas con gas lacrimógeno, cámaras y walkie talkies . Además, su jefe, James McCord, declaró al juez que era de la CIA. Le acompañaban tres cubanos anticastristas exiliados en Miami y un mercenario norteamericano.
Más tarde se supo que todos habían estado relacionados con el FBI o la CIA. Pero la mayor torpeza fue descubrir que en la agenda de uno de ellos figuraba el nombre de Howard Hunt con la anotación W. H., y en otra, el mismo seguido de W. House. No hacia falta ser Sherlock Holmes para deducir que se trataba de la White House, la Casa Blanca.
Hunt resultó ser otro agente de la CIA que trabajaba en la Casa Blanca para Colson. Él y otro miembro de la seguridad de la sede presidencial, Gordon Liddy, se hallaban la noche del asalto en el Watergate coordinando la operación desde una habitación del hotel. La conexión empezó a tomar forma, y con paciencia, constancia, 227 artículos y dos años de trabajo, el 9 de agosto de 1974 Nixon dimitió y una cuarentena de personas acabaron en la cárcel.
Desde el primer día, la investigación tuvo un colaborador decisivo, una fuente de Woodward, el ya mítico garganta profunda , que solo él conocía y cuya identidad permaneció 33 años en secreto, hasta que el 31 de mayo del 2005 salió del armario . Era Mark Felt, exnúmero dos del FBI. Wood-
ward y Felt se conocieron cuando el primero era oficial de inteligencia de la Armada.
Para comprender el caso Watergate es imprescindible conocer la política norteamericana del momento y la difícil personalidad de Nixon. El juego sucio era lo habitual. Había watergates a diario.
Nixon había estudiado Derecho y fracasó en su primera empresa profesional, ser comerciante de naranjas. Fue como abogado que se inició en la política en los 40. Tuvo que abrirse camino sorteando constantes obstáculos y zancadillas, entre otras cosas porque no procedía de las clases que tradicionalmente se dedican a la política en EEUU. Se estrelló contra John F. Kennedy en 1960 y al intentar ser gobernador de California.
Nixon ya era extremadamente tímido e introvertido y acabó también resentido y desconfiado. Resurgió cuando ya nadie le esparaba en 1968, al vencer al demócrata Hubert Humphrey en las presidenciales.
Así, no es extraño que Nixon se rodeara de una guardia pretoriana formada por gente como Colson, en cuyo despacho colgaba un proverbio: «Si atrapas a alguien por las pelotas, su corazón y su mente son tuyos». Colson, en pleno Watergate, llegó a proponer volar por los aires La Brookings Institution, una entidad de investigación política sin ánimo de lucro. Pretendía así desviar la atención y aprovechar para destruir documentos comprometidos. Otros profesionales del juego sucio eran el jefe de la oficina presidencial, Harry Haldeman, que presumía de ser «el hijo de puta del presidente»; John Ehrlichman, jefe de política interior y especialista en el espionaje político, y John Mitchell, exsecretario de Justicia y director de las campañas de Nixon. Del estrecho círculo formó parte también el joven abogado John Dean, que acabó siendo testigo de cargo del proceso y destapó la trama tras pactar la inmunidad.