«El Reino Unido no nos va a amedrentar», dijo el presidente de Ecuador, Rafael Correa, a través de su cuenta en Twitter, y luego dejó que fuera el canciller, Ricardo Patiño, el que fundamentara la decisión favorable a la solicitud de asilo político formulada por Julian Assange. Cuando el ministro dio a conocer la novedad al mundo, unas 30 personas aplaudieron en el salón principal de la cancillería. Correa sabía que, en rigor, las simpatías por su disposición a proteger al fundador de Wikileaks superaban ese estrecho perímetro y el mismo territorio ecuatoriano. También supo siempre que, con el caso Assange, no hacía más que redoblar el enfrentamiento que tiene con EEUU. Para él, la controversia con Londres es coyuntural.
Exultantes 8 Seguidores de Julian Assange, ante la Embajada de Ecuador en Londres, ayer. EFE / FACUNDO ARRIZABALAGA
Información publicada en la página 11 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 17 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Días atrás, Correa había anticipado cuál sería la respuesta a la solicitud del hombre que reveló secretos diplomáticos e inconfesables de Washington. No solo dijo que tenía «simpatía» por Assange, sino que temía por su vida en caso de que fuera extraditado a EEUU. «No lo expondré a la pena de muerte».
Lo curioso de esta historia es que, cuando comenzaron las filtraciones de Wikileaks, Correa no tenía la mejor opinión de su fundador y creía ver detrás de esas revelaciones maniobras de distracción. En abril del 2011, uno de los miles de cables confidenciales provocó nada menos que la expulsión de la embajadora de EEUU en Quito, Heather Hodges, quien abandonó el país con el rótulo de «persona no grata». Ecuador acusó a su vez a Estados Unidos de espiar a la policía ecuatoriana, en cuyo seno se tejió la fallida revuelta contra Correa de septiembre del 2010.
Cables no publicados
La figura de Assange comenzó a ser valorada por el mandatario tras llegar a sus manos un libro proveniente de Buenos Aires, Wiki Media Leaks, escrito por los periodistas Martín Becerra y Sebastián Lacunza, en el cual se cuenta, sobre la base de cables que los medios ecuatorianos no habían publicado, la estrecha relación que estos tenían con la embajada norteamericana. Correa mantiene una dura pugna con los principales diarios y canales de televisión.
Ese es el momento en el que se forja una relación que se hace visible cuando Assange entrevista a Correa vía internet para Russia Today. «Hola, mucho gusto en conocerle», lo saludó en abril el australiano, desde su lugar de encierro. «¿Está en Inglaterra?», le preguntó Correa, que ya sabía la respuesta. «Sí, bajo arresto domiciliario», le confirmó Assange, que de inmediato quiso conocer la opinión del presidente sobre la presencia de Washington en Ecuador y América Latina. «El único país donde no va haber golpe de Estado es Estados Unidos. ¿Sabe por qué? Porque allí no hay una embajada norteamericana», contestó Correa, y los dos rieron. «Mi querido Julián», lo llamó durante la larga conversación. Assange le dijo que le gustaba mucho su sentido del humor. Después de aquella entrevista, el «querido Julián» se refugió en la embajada ecuatoriana en Londres y el Gobierno invitó a Ecuador a Christine Assange, la madre del fundador de Wikileaks.
Correa quiere que el caso Assange no sea solo una causa de Ecuador, sino regional. Por ello ha pedido que se reúna la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur), el Alba (el bloque chavista que integran Venezuela, Bolivia y Nicaragua) y también la Organización de Estados Americanos. Patiño dijo que la región no puede dejar «en la impunidad» las amenazas de Londres. Al conflicto con Gran Bretaña y EEUU se ha añadido Suecia en las últimas horas. Estocolmo ha llamado a su embajador en Quito. El presidente Correa se ha colocado en un primer plano noticioso. En todas partes hablan de él y de su país. Por ahora sabe cómo ha comenzado esta historia, pero no su final.