En Birmingham, donde apenas pasó veinticuatro horas, el alcalde de Londres, Boris Johnson, obtuvo el recibimiento de una estrella de cine. Seguido por las cámaras y jaleado como un héroe por decenas de asistentes a la conferencia del partido conservador, Johnson confirmó que es el más popular de los políticos británicos.
Este año llegaba a la cita triunfante, después de unos Juegos Olímpicos perfectos, de los que él se ha colgado varias medallas. Y volvió a colgárselas cuando subió a la tribuna, bajo los aplausos de una sala repleta y la sonrisita nerviosa del primer ministro David Cameron, tenso como la cuerda de un arpa. “¿Dónde está Dave (David)?”, fueron las primeras palabras del alcalde, buscando a Cameron en el patio de butacas. Johnson le trata de tú a tú, le vapulea a menudo, escapa a su control.
Sabe socavar la autoridad del primer ministro con un chiste o una frase demoledora. Pero la hora de retar el liderazgo del que fuera su compañero de escuela en Eton y después en la universidad de Oxford aún no ha llegado. Johnson espera su oportunidad. Por eso sus primeras palabras desde el estrado fueron de prudente compostura y lealtad. Felicitó a Cameron por haber realizado “un fantástico trabajo”, le atribuyó un “liderazgo firme” y aseguró que ganará las elecciones del 2015, “cuando la economía haya remontado”. Pero la mayor parte de la intervención la dedicó a echarse piropos, enumerando sus triunfos y buenas obras al frente de la alcaldía de Londres.
Esa misma mañana, en declaraciones a la BBC Cameron aseguraba no envidiar “el trato de estrella de rock”, que la prensa está dando a Johnson. Y lo decía sin apenas poder ocultar la irritación.