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La carrera hacia la Casa Blanca

La seducción de Michelle

La autoproclamada «madre en jefe» se vuelca en la campaña para explotar su elevada popularidad

La carismática primera dama expone los logros de Obama en la apertura de la convención demócrata

Miércoles, 5 de septiembre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
RICARDO MIR DE FRANCIA

Michelle Obama se ha descrito a sí misma como «madre en jefe», pero desde que la campaña cogió fuelle ha apartado parte de sus obligaciones familiares para ser una presencia constante en la carretera. Nadie vende mejor el mensaje de su marido. Ya sea en actos de campaña o en eventos de recaudación de fondos, en los que ha tomado parte en más de 80 ocasiones desde el inicio de la primavera. Aquella abogada corporativa, descendiente de esclavos y licenciada en Harvard como su marido, se disponía a ofrecer anoche el principal discurso de la primera jornada de la convención demócrata que se celebra en Charlotte, en Carolina del Norte.

EL DOBLE DE OBAMA Michelle Obama abraza a un actor que interpreta a su marido durante el ensayo de su discurso de anoche. REUTERS / JIM YOUNG

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Información publicada en la página 10 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 05 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Como decía ayer David Axelrod, el inseparable estratega de Obama desde que decidió presentarse al Senado de Ilinois siendo solo un brillante abogado curtido como trabajador social en los barrios comanches de Chicago, Michelle es el espejo más transparente del presidente. «Lo conoce mejor que nadie como persona, lo que le motiva o cuáles son los cimientos de su visión del mundo». Desde su campaña se insiste en que la primera dama no se enfangará en la crítica a sus rivales republicanos, algo que sí ha hecho en algunas de sus últimas apariciones públicas Ann Davis, la mujer de Mitt Romney. «Va a hablar sobre los últimos tres años y medio. No hay nadie que pueda hacerlo tan poderosamente», señaló Axelrod al Charlotte Observer.

«SEÑORA AGRAVIADA» / En términos de popularidad, Michelle ha recorrido un camino inverso al de su marido. Su honestidad y su aversión a la corrección política le pasaron factura hace cuatro años. «Por primera vez en mi vida adulta me siento verdaderamente orgullosa de mi país», dijo entonces. La derecha nunca le perdonó aquella frase y estos años la ha descrito como «la mitad amarga» del presidente o la ha bautizado como la «Señora Agraviada».

Pero desde su llegada a la Casa Blanca, una mudanza que quiso aplazar inicialmente para que sus hijas Shasa (11 años) y Malia (14) pudieran acabar el curso en Chicago, ha ido conquistando el corazón del país. Sus índices de aprobación rozan casi el 70%, cuando su marido apenas supera el 50%. Su dedicación para combatir la obesidad infantil o para mejorar las vidas de los veteranos, unidos a su naturalidad y el sentido del humor exhibido en sus frecuentes apariciones en televisión o las muchas entrevistas que concede a revistas de mujeres, han hecho de ella una figura tan popular como en su día fue Laura Bush.

Y en campaña ha limado buena parte de la agresividad que desplegó en la primera parte de la campaña del 2008. «Sus amigos de Chicago dicen que la Michelle que se ve en los actos electorales es auténtica. Reconocen su calidez. Lo que se ha editado de su manera de actuar es su fuerza», ha dicho la periodista Jody Kantor, la autora de The Obamas, una libro que aborda la vida de la pareja en la Casa Blanca.

Y ese carisma parece resultarle a muchos casi terapéutico. Michelle se ha convertido en una especie de figura materna, un tahúr que todo el mundo aspira a abrazar en sus actos públicos o en campaña y que ella satisface con fruición. Según cuentan quienes la conocen, nadie es tan crítica con la labor de su marido y con el rumbo de la presidencia, una actitud que le ocasionó algunas fricciones con los asesores del presidente al inicio de mandato, según Kantor.

Pero el discurso de anoche no se antojaba como el momento para ser puntillosa. Obama, más analítico, calculador y frío que la instintiva Michelle, necesita en esta convención convencer al país de que merece la pena concederle otros cuatro años. Y su esposa ya no tiene que aprovechar la ocasión para presentarse a los estadounidenses, como hizo en el 2008.

«En este caso se trata más de recordarle a la gente los valores y la visión que guían cada día al presidente y algunas de las decisiones tomadas en los últimos cuatro años que han servido para mover al país hacia delante», decía ayer al Washington Post la número dos de la campaña de Obama, Stephanie Cutter.

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