Nicolas Sarkozy se estrenó ayer en Nueva York como conferenciante de lujo. Invitado por un banco brasileño, el expresidente francés, de 57 años, se sumó al exclusivo club de mandatarios jubilados cuya palabra se cotiza a precio de escándalo. Aunque la cantidad que se embolsó es tan estrictamente privada como la alocución que pronunció en el hotel Waldorf Astoria de Manhattan, su caché no debe estar muy lejos de los 300.000 euros que cobra su amigo Tony Blair por opinar sobre la crisis del euro o el conflicto de Siria.
Información publicada en la página 14 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 12 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Para Sarkozy la paradoja es doble. Mientras triunfa como conferenciante -antes de final de año tiene otras dos intervenciones, una de ellas en Londres- ,pese a que no logró convencer a los ciudadanos para ser reelegido, su popularidad se dispara tan solo cuatro meses después de ser expulsado del poder, en gran medida, por su carácter excesivo.
EL MEJOR JEFE DE PRENSA / Pero la memoria es frágil. Y, sobre todo, juegan en su favor las carencias de un François Hollande que no logra superar su déficit de carisma y de empuje, unido a una situación económica cada vez más apurada.
Aunque públicamente mantiene un escrupuloso silencio, la euforia del expresidente ante esta Sarkonostalgia empieza a trascender. «Los socialistas no son malos, ¡son nulos!», comenta en la intimidad, según Le Parisien. «¿Sabes quien es mi mejor jefe de prensa? ¡Hollande!», ironiza ante los numerosos visitantes que recibe en su despacho de la calle Mironesmil, cerca del Elíseo. «Soy el hombre más solicitado del mundo», se regodea.
Fruto de la ambigüedad con la que planea su futuro, los medios especulan con el retorno. Cada vez que ocupa las portadas, las ventas se disparan. El semanario Le Point vendió 15.000 ejemplares más con un titular que insinuaba que Sarkozy volvía al ruedo. Le Nouvel Observateur sigue la estela esta semana también con una foto del expresidente luciendo su nueva imagen desenfadada con barba de tres días.
«Me gustaría construirme otra vida, pero quizá el deber me llame», desliza. Mientras tanto, no se corta a la hora de descalificar a su sucesor. A su juicio, la presidencia normal es «una imbecilidad». «Hace falta autoridad, nadie admira a un hombre normal», dispara Sarkozy, que trata a Hollande de «amater».
También censura el distanciamiento de Angela Merkel. «Antes éramos dos para dirigir Europa. Ahora la cancillera está sola», lamenta sin ocultar cierta satisfacción. El momento de la autocrítica, si lo hubo, parece superado.