«Los franceses irán a buscar a Nicolas Sarkozy», lanzó ayer, convencida, la exprimera dama Bernadette Chirac en una entrevista radiofónica. Aparte de expresar sus designios, la esposa del expresidente Jacques Chirac, veterana de la política -12 años en el Elíseo- y diputada provincial de Corrèze, el feudo de François Hollande, se hizo eco de un curioso fenómeno en alza: la sarkonostalgia.
Información publicada en la página 13 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 29 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Apenas cuatro meses después de abandonar la jefatura del Estado, las encuestas reflejan una rehabilitación de la imagen de Sarkozy. Si en las presidenciales de la pasada primavera su cota de popularidad estaba por debajo del 30%, ahora está por encima del 40%. Según un sondeo, el 44% de los franceses opina que «lo haría mejor» que su sucesor socialista. Y entre los simpatizantes de la derecha, el 40% opina que el expresidente es «el más capaz» de ganar las elecciones del 2017.
«¿Y si Sarkozy tenía razón?», tituló recientemente en portada el semanario l'Express, que lamenta el «inmobilismo» del actual inquilino del Elíseo y le exhorta a seguir la política de su antecesor en cuestiones como la relación con Alemania, la reforma laboral o incluso la política de seguridad. Los ciudadanos no solo parecen haber olvidado la irritación que les provocaba la personalidad sanguínea y arrogante del mandatario, sino que incluso la echan un poco de menos. El contraste con el carácter de Hollande, que pese a la tormenta económica da la impresión de tener horchata en las venas, es violento.
De la firmeza a la indecisión
Los franceses han pasado de la firmeza del hiperpresidente protector y prepotente a un jefe de Estado modesto pero indeciso, tan contemporizador que da la impresión de carecer de autoridad, tanto en la esfera pública como en la privada.
En el Gobierno, sus socios ecologistas se permiten el lujo de anunciar que votarán en contra de la ratificación del tratado presupuestario europeo, sin que su presencia en el Gobierno -dos ministerios- se cuestione. En el ámbito personal, sigue dando la sensación de ser prisionero de la rivalidad entre su pareja, Valérie Trierweiler, y su ex, Ségolène Royal. Su imagen de calzonazos ha sufrido un nuevo golpe al trascender que, para evitar toparse con su ex en los pasillos de la ONU y saludarla ante las cámaras -Trierweiler soporta mal estas situaciones-, optó por dar la vuelta al edificio. Un comportamiento inimaginable en el viril Sarkozy.
En el partido del expresidente, la UMP, los dos aspirantes a sucederle, Jean-Franois Copé y el exprimer ministro François Fillon, compiten por demostrar quien es más sarkozista. Desde su despacho del número 77 de la calle Mironesmil de París, el derrotado líder de la derecha asiste silencioso, y complacido, al espectáculo. Mientras prepara sus lucrativas conferencias -en octubre dará la primera en Nueva York- alimenta el suspense sobre su futuro. «La gente quiere verle y él les recibe», comenta, enigmático, un miembro de su equipo. «Añora la política», sentencia un amigo.