El semanario Le Nouvel Observateur recuerda esta semana un estudio de la Fundación Terra Nova aparecido justo ahora hace un año en el que constataba el declive del apoyo histórico de la clase trabajadora a la izquierda. Este estudio resaltaba la emergencia de una nueva Francia progresista, «más joven, más feminista, más diplomada, más urbana y menos católica». Los resultados de la primera vuelta de las elecciones lo avalan: los obreros votaron más a Marine Le Pen (29%) que a François Hollande (27%), que recogió sus mejores resultados entre las clases medias (35%), los jóvenes (32%) y las profesiones intermedias (34%). Apoyado en esta coalición heterogénea a la que une un profundo rechazo a Nicolas Sarkozy, Hollande aspira a convertirse mañana en el segundo socialista en llegar al Elíseo después de François Mitterrand.
El distrito XIV de París, en la orilla izquierda del Sena, es el vivo retrato de esta Francia dinámica, joven y urbana. Reside aquí una clase media, media-acomodada que en el 2001 ya dio la alcaldía local a la izquierda y que ahora, de forma mayoritaria, abraza la esperanza de un cambio en el Elíseo. Es difícil encontrar en el bullicioso boulevard de Montparnasse, en sus comercios, en sus cafeterías siempre llenas y en sus ajetreadas paradas de metro, a votantes de Sarkozy. Quien así se declara, lo hace con la boca pequeña, con el convencimiento de ser perdedor antes de que empiece la partida.
OTRA DIRECCIÓN PARA FRANCIA / Jean es técnico de sonido. Tiene 40 años. Asegura que siempre ha votado a la izquierda y no sabe si Hollande va a mejorar la situación en Francia pero «seguro que irá en otra dirección», afirma. «¿Sarkozy? Cuanto más lejos, mejor», añade. También Caroline, madre joven de un bebé de pocos meses al que lleva en una mochila, se abona a esta tesis: «Los franceses no pueden ver a Sarkozy». Ella es de las que está convencida de que Hollande sabrá manejar la crisis con criterios de «igualdad y justicia».
Porque más que un proyecto, si hay algo que une a los votantes de Hollande es una gran animadversión hacia Sarkozy, a sus políticas, pero también a su estilo y a la persona. Su gusto por la ostentación, su discurso desacomplejado hacia el dinero -«trabajar más para ganar más», prometió al principio de su mandato- y la rebaja de impuestos a los ricos que aplicó nada más llegar al poder no encajan con una clase media que empieza a notar los estragos que la crisis está haciendo en otros países del sur de Europa y que percibe que lo peor está por llegar. ¿Cómo va a entender su sufrimiento alguien que solo alterna en exclusivos restaurantes y hoteles de lujo?
Virginie tiene 29 años. Es guionista y vive en Distrito VI de la capital francesa, algo más burgués. Es de las que por primera vez va a votar a la izquierda, decepcionada con Sarkozy. «La culpa es en parte de la crisis, pero también de su política fiscal, que ha beneficiado claramente a las clases más adineradas», afirma. A su lado, en la calle Rennes, Renan, cantante de 32 años, dice que no puede decir que Sarkozy le haya decepcionado. «No esperaba nada de él», afirma con sorna.
Catherine es pensionista. Socialista sin carnet de toda la vida, se declara «escandalizada»por la deriva extremista del discurso de Sarkozy en el último tramo de la campaña para atraerse a los votantes del Frente Nacional (FN) de Le Pen. Su defensa de las fronteras, la exaltación de la nación, los ataques a la inmigración... Nunca antes un líder de la derecha clásica había legitimado ese discurso. El jefe del Elíseo ha cruzado el Rubicón y también sus bases están inquietas.
Quizá voten a Hollande.