Bo Xilai será juzgado por crímenes y el Congreso del Partido Comunista de China (PPCh) se celebrará el 8 de noviembre. Pekín desveló las dos grandes incógnitas de su política el mismo día, un síntoma del vínculo que las unía. El exsecretario del partido en Chongqing, quien aspiraba al poder antes de ser defenestrado en marzo, acabará con toda probabilidad en la cárcel. Allí ya están su mujer y su jefe de policía de Chongqing, los otros protagonistas del mayor escándalo que ha afectado a la política nacional en décadas.
Bo Xilai se ajusta las gafas durante una reunión política en Pekín, el pasado marzo. JASON LEE | REUTERS
La prensa estatal ha informado este viernes que Bo había sido expulsado del partido, el último cargo que retenía tras perder la secretaría de Chongqing y su silla en el Politburó. Peor que la pérdida del carné es el tétrico panorama judicial que le espera. Bo será juzgado por corrupción, abuso de poder, sobornos y relaciones impropias con mujeres. El político “abusó de sus poderes, cometió graves errores y tiene que cargar con una gran responsabilidad", según la agencia de noticias oficial, que ha explicado que "sus acciones tuvieron serias repercusiones y dañaron gravemente la reputación del partido y del país”.
De Bo no se sabe nada desde su fulgurante cese en marzo debido a “graves violaciones de la disciplina del partido”, según había apuntado entonces la prensa. Los expertos conjeturaban que podría eludir un castigo grave en virtud de su linaje revolucionario y el temor a la respuesta de sus muchos seguidores. La extensa lista de delitos que se le atribuye excluye esa posibilidad porque el 98 % de los juicios penales en China terminan en condena. Por si fuera poco, la nota oficial explica que las irregularidades se extienden a toda su carrera política: desde su gobierno en la provincia costera de Liaoning hasta el de Chongqing, pasando por su dirección del Ministerio de Comercio.
La responsabilidad de Bo, pues, excede el reciente capítulo que precipitó su caída. Este estalló cuando Wang Lijun, el jefe de policía de Chongqing y su amigo durante décadas, buscó cobijo en el consulado estadounidense de Chengdu y denunció la responsabilidad de Gu Kailai, esposa de Bo, en la muerte de un empresario inglés. Ambos fueron juzgados en las pasadas semanas. Gu fue condenada a cadena perpetua con dos años de suspensión, un eufemismo legal en China para la cadena perpetua si media buen comportamiento, tras confesar el envenenamiento del empresario inglés. Wang fue condenado a 15 años por deserción, abuso de poder, soborno y manipular las leyes en beneficio propio. El juicio a Bo, del que se desconoce la fecha, sellará las turbulentas semanas que han azotado las tradicionalmente plácidas aguas de la política china.