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La carrera a la Casa Blanca | Retratos de un país

La otra América

La palabra pobreza apenas ha aparecido en esta campaña electoral, a pesar de que Estados Unidos tiene 46 millones de pobres, casi más que ningún otro país desarrollado del mundo

Miércoles, 31 de octubre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
RICARDO MIR DE FRANCIA
ALEXANDRIA (VIRGINIA)

Era ya de noche en Denver y el taxi pasó junto a un refugio para los sintecho. En la plaza de enfrente, docenas de sombras de la calle pasaban las horas y el taxista, un emigrante etíope, los miró con desprecio y dijo: «Mala gente. Todo el día borrachos y colocados». No hubo respuesta y se hizo el silencio hasta que el taxista, quizás sorprendido por la dureza de sus propias palabras, dijo: «Este país te da muchas oportunidades, pero si cometes un error, si se tuercen un poco las cosas, puedes acabar fácilmente en esa plaza».

Cola 8 Ciudadanos de Alexandria (Virginia) esperan el reparto de comida de la oenegé Alive. RIICARDO MIR DE FRANCIA

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Información publicada en la página 7 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 31 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

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EEUU hace justicia a sus mitos. Con mucho trabajo, un poco de suerte y un respeto escrupuloso a la ley cualquiera puede darle un bocado al sueño americano. Pero este puede ser también un país implacable, donde las malas decisiones o las circunstancias adversas te pueden a abocar a un círculo de pobreza del que es muy difícil salir. Especialmente para la gente con poca formación y empleo precarios y mal pagados de los que abundan también aquí. «EEUU redistribuye menos a través de los impuestos y las prestaciones sociales que la mayoría de países industrializados», dice Janet Gornick, directora del Luxemburg Income Study Center, que estudia la desigualdad y la pobreza.

«Si a eso le sumas que la precariedad laboral supera a la de muchos países europeos, puedes empezar a entender por qué tenemos tantos pobres». Los números son elocuentes. EEUU tenía el año pasado 46,2 millones de pobres, casi un 3% más que en el 2006, lo que refleja el impacto de estos años de recesión. Pero más perspectiva otorga el ranking de la OCDE. Entre los 34 países más desarrollados, solo México, Israel y Chile superan a la primera potencia económica del planeta en términos de pobreza.

En manos de la empresa

En gran medida porque la red de protección social del Estado es mínima. No hay leyes que garanticen la baja maternal, ni las vacaciones pagadas, ni los días de asuntos propios para llevar al niño al hospital. Todo depende de cada empresa. Los buenos empleos, incluidos los del sector público, suelen incluir estos beneficios, así como la cobertura sanitaria, pero cada vez abundan menos en el mercado laboral.

Gwen no quiere dar su apellido. Tiene 60 años y es contable, pero por primera vez en su vida, lleva cuatro años sin trabajar. Agotado el paro, malvive con los 950 euros de pensión de su marido y el último sábados de cada mes espera pacientemente en cola para coger la comida que reparte la oenegé Alive en Alexandria (Virginia). «Nunca había estado en esta situación. Es una vida muy estresante. No dejan de llamarme para que pague las facturas y tengo coche pero no puedo pagar la gasolina».

Gwen es el prototipo de esta pobreza moderna y casi invisible. Gente que no va descalza ni vive en una chabola, pero que es incapaz de pagar las facturas y duerme sobre una montaña de deuda. La campaña electoral apenas les ha prestado atención: solo se habla de la clase media. El presidente Obama casi no ha mencionado la pobreza, seguramente porque intenta convencer al país de que la economía ha mejorado, mientras Mitt Romney solo lo ha hecho para poner en evidencia la precaria situación de la economía.

Ambos bandos tienen formas muy distintas de afrontar el problema. Para los republicanos, las ayudas sociales fomentan la dependencia y anulan los incentivos para trabajar. Para los demócratas, son imprescindibles para atenuar las desigualdades. Y aunque Obama no hable de pobreza, su reforma sanitaria, las ayudas a las hipotecas o la expansión del programa de cupones de comida, del que dependen 47 millones de personas, han amortiguado el golpe de la recesión. Deborah Patterson, una veterana voluntaria de Alive, no está contenta. «¿Por qué no hablan de la pobreza? Porque votan menos que la clase media y porque no donan a las campañas políticas».

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