La tradición electoral de Estados Unidos no considera los debates presidenciales determinantes. Los dos celebrados por ahora entre Barack Obama y Mitt Romney se han convertido, sin embargo, en puntos de inflexión en la campaña. Y tras el feroz duelo librado el miércoles en Nueva York, donde volvió a aparecer un Obama enérgico y decidido a convencer de la necesidad de renovar su mandato, la carrera a la Casa Blanca, a 20 días de la cita con las urnas, se ha puesto al rojo vivo. En los estados bisagra, sobre todo Ohio, Florida y Virginia, y con grupos de votantes clave, especialmente las mujeres, demócratas y republicanos echan toda la leña al fuego.
Romney y Obama, en un intercambio intenso del debate en la universidad de Hofstra. REUTERS / MIKE SEGAR
Información publicada en la página 10 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 18 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Beneficiado por las bajísimas expectativas que había creado tras su debacle en Denver, donde se mostró pasivo y permitió que Romney se presentara como un moderado y empezara a convencer a indecisos, Obama llegó a la Universidad de Hofstra cargado de efectiva agresividad. Apareció dispuesto a retratar a Romney como un «extremista» que ha ido a la derecha de George Bush en políticas sociales y denunció el engaño de sus propuestas económicas. Metió, además, el dedo en la llaga de la fortuna personal del republicano, que sumada a comentarios como su repudio al 47% de la población a la que definió como «dependiente» le ha dificultado conectar con la clase media.
El cruce de golpes entre dos candidatos que no pueden ocultar lo poco que se gustan personalmente fue intenso. En el debate, Romney insistió, como ayer en un mitin en Virginia, en denunciar tanto el primer mandato de Obama como la falta de propuestas para el segundo. Pero el presidente consiguió lo que necesitaba: inyectar energía a sus desanimadas bases, a las que el desprecio a Romney guía menos que el rechazo a Obama entre las republicanas.
BUSCANDO A LAS MUJERES / En 90 minutos los ataques llevaron mucho más tiempo que la presentación de propuestas, un factor que puede dejar inmóviles a muchos de los codiciados votantes independientes que, pese a ser cada vez un porcentaje menor, en los estados bisagra siguen teniendo una de las llaves de la elección. En ese grupo no hay nadie más determinante que las mujeres, y Obama y Romney sí hicieron claros esfuerzos, con distinto éxito, para intentar ganarse sus votos.
Obama, que ha mantenido ventaja en las encuestas en ese grupo y cuyos estrategas han denostado una reciente que mostraba a Romney logrando importantes avances, pudo abrir su mensaje directo recordando que aprobó una ley que hace más fácil ir a los tribunales por la desigualdad salarial y enmarcó la salud femenina como un tema económico. También pudo atacar a Romney por haber propuesto recortes a Planned Parenthood, que presta servicios médicos a mujeres.
Romney, cuya campaña estrenó ayer un anuncio en que una mujer recuerda que él ha aceptado el aborto en casos de violación, incesto o peligro para la madre, tuvo patinazos. Uno fue la agresividad con que trató a la moderadora, la primera en un debate presidencial en 20 años. Otro, que para convencer de sus esfuerzos para contratar a mujeres en altos cargos en Massachusetts, usó una desacertada frase («tenía carpetas llenas de mujeres») y redujo la flexibilidad laboral a la idea de que una mujer vuelva a casa a «hacer la cena y estar con los niños».